Posts Tagged ‘disciplina’

Cuestión de actitud

2013/07/29

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Podemos afrontar el acto de escribir con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta frustración –ese desaliento al reconocernos incapaces de poner completamente en palabras lo que tenemos en la mente y en el pecho–. Podemos afrontar este acto con los puños cerrados y la mirada torva, listos para patear traseros y poner al mundo en su lugar. Podemos hacerlo porque deseamos casarnos con la mujer de nuestros sueños o para cambiar el mundo. Hagámoslo de cualquier modo, excepto a la ligera. Lo diré una vez más: no escribamos con ligereza.

No pido hacerlo con obediencia o una actitud reverente; no pido un lenguaje recatado ni abandonar el sentido del humor (¡por Dios, que lo tenemos!). Escribir no es un concurso de popularidad, no son las olimpiadas de la moral y no es la iglesia. ¡Es escritura, maldita sea!, no lavar el auto o maquillarse las cejas. Si podemos tomárnoslo en serio, entonces perfecto, sigamos adelante. Si no podemos, o no queremos, mejor será dejar de leer y dedicarse a otra cosa.

Lavar el auto, por ejemplo.

–Stephen King, On Writing: A Memoir on the Craft

A las palabras de King me gustaría agregar un comentario adicional: no escribamos por obligación. Sí, los escritores profesionales deben cumplir plazos, y cualquiera que desee publicar un día algo decente debe escribir con cierta regularidad aunque ese momento no sienta ganas o no esté “inspirado”. Si escribimos, que sea por elección propia, porque lo deseamos; o por presión interna, porque los mundos imaginados no se contentarán con quedar en el olvido, y las historias y los rostros nos acosarán de día y de noche hasta verse convertidos en palabra.

En el momento en que escribir se torna en una obligación, en una tarea más, en un compromiso, y perdemos el gusto, el impulso creador, y podemos dormir tranquilamente y dejar para la mañana esa idea que llegó a despertarnos de madrugada, entonces más vale buscar otro pasatiempo.

Para escribir en serio, de verdad, nos debe importar lo escrito, debe ser parte de quienes somos. Parece algo demasiado subjetivo, pero en este caso nuestra actitud al escribir hace toda la diferencia.

Y usted, ¿por qué escribe?

¡Feliz escritura!

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Cómo ser un escritor de éxito

2012/06/01

Muchas personas creen que escribir es fácil, y se figuran que basta con tener cierta habilidad mecanográfica y un poco de imaginación. Otros sueñan con la fama y el dinero, pero se desaniman al percatarse de todo el esfuerzo involucrado en hasta el más simple de los proyectos narrativos. Más aun, por cada autor publicado hay al menos diez que nunca verán su obra en los anaqueles de una librería, y aunque el libro digital está cambiando las reglas ligeramente, todavía el índice de anonimato es bastante alto.

¿Cuáles son algunas de las características necesarias para convertirse en un escritor exitoso? A continuación propongo una breve lista, pero evidentemente pueden ser más. Se trata de siete distintivos que he podido observar en profesionales del calibre de Stephen King, Isabel Allende o Gabriel García Márquez, y esforzarnos por adquirirlas y desarrollarlas puede ser la diferencia entre el éxito o el fracaso literario.

1-Visión

Como cualquier buena empresa o proyecto, todo inicia con una visión. Deseamos expresar algo, tenemos una historia que contar y llegamos a la conclusión de que la mejor manera de hacerlo es escribiéndola. Pero de ahí a convertir esa inquietud en nuestra profesión hay una gran distancia. Debemos poder imaginar cómo será nuestra vida cuando logremos ese objetivo, pero más importante aún, cómo llegaremos hasta ahí y cuales serán los resultados de nuestro esfuerzo.

2-Vocación

Ser escritor no es asunto de elegidos por la mano del destino ni nada similar, sino más bien acerca de tener la suficiente motivación y seguridad de que es lo mejor para nuestra vida, de que es nuestro ‘llamado’. Debemos ser capaces de disfrutar del proceso creativo y de las largas horas a solas con nosotros mismos más de lo que disfrutamos del reconocimiento, el dinero u otros beneficios posteriores de la escritura (algunos de los cuales tal vez nunca lleguen a darse). De lo contrario no tendremos la suficiente energía para todo el esfuerzo requerido.

3-Inteligencia

Algunos parecieran haber nacido con ella, otros debemos esforzarnos por desarrollarla. Pero la inteligencia a que me refiero es la empresarial. Sí, escribir es principalmente un asunto de sensibilidad y vocación, pero si no tenemos los pies bien plantados en la tierra para manejar nuestro tiempo, planificar las tareas específicas, administrar nuestros recursos y ser realistas con nuestras expectativas, de nada valdrán las otras cualidades pues aun así no duraremos gran cosa en nuestro intento por escribir como medio de vida. A menos que aprendamos a ver la escritura como vemos nuestro trabajo, jamás dejaremos de ser meros aficionados.

4-Creatividad

Si bien hay muchas dudas acerca de si la creatividad es algo inherente o si podemos aprenderla, algo sí es definitivo: podemos cultivarla. Para ello es necesario nutrirse constantemente del trabajo de otras mentes, de otros artistas. Pero también debemos esforzarnos por buscar siempre la forma de contribuir con algo valioso a nuestros lectores, algo de nuestra propia experiencia y no simplemente la copia de algún tema trillado o frase hecha.

5-Habilidad

Escribir requiere destrezas técnicas en el dominio del lenguaje (gramática, ortografía, claridad, estilo, etcétera). También resulta necesario dominar al menos las teorías básicas sobre planeamiento de obras, estructuras narrativas, diálogo, exposición, trama, y un sin fin de otros aspectos ‘mecánicos’. Sin ello no llegaremos muy lejos en un campo donde la competencia tanto como la crítica son brutales.

6-Seriedad

La seriedad no tiene relación con el contenido de nuestras obras sino con el conjunto de actitudes que nos definen como profesionales de la escritura. No hay nada peor que un autor embriagado de supuesta fama –aun si la merece–, y en segundo lugar están quienes viven quejándose de no tenerla. También están los bohemios, los que dependen de alguna substancia tóxica, y toda clase de fauna escritoril.

7-Tenacidad

Escribir bien no es algo que pueda aprenderse de la noche a la mañana con solo leer un manual. Es necesario practicar mucho, tener la capacidad de superar gran cantidad de obstáculos (como la incomprensión de familiares y amistades, la falta de tiempo o la procrastinación), y sobre todo, no rendirse a medio camino.

¿Cuáles otras características podemos identificar en escritores exitosos? ¿Cuáles pueden ser más fáciles o difíciles de alcanzar? Deja tu opinión más abajo.

¡Feliz escritura!

NaNoWriMo: Recuperar la cordura

2011/12/15

Hoy es 15 de diciembre. La locura de NaNoWriMo terminó hace ya dos semanas, pero volver a una rutina diaria de escritura se ha tornado en una tarea sumamente difícil. Cada día me siento frente a la pantalla y, tras unos minutos contemplando su negrura, termino apretando el botón de encendido solo para dedicar todo mi tiempo creativo a procrastinar miserablemente.

No creo que se trate realmente del famoso ‘bloqueo’: curiosamente no me faltan ideas, y las ganas de escribir parecen muy reales mientras me preparo el desayuno. Pero es frente a la pantalla donde todo eso pareciera no valer nada. No se trata de problemas de motivación o creatividad; simplemente, mi cerebro está exhausto.

¿Suena conocido?

A todos nos pasa alguna vez, o hasta muchas dependiendo de nuestra actividad predilecta y con cuánta intensidad la pongamos en práctica. No importa si se trata de labores físicas como algún trabajo manual o hacer deporte, o si son más bien tareas mentales, como el estudio, la resolución de problemas o simplemente pasarse todo el día lidiando con clientes y compañeros de trabajo. Tarde o temprano deseamos tirar la metafórica toalla y darnos por vencidos, dejar todo atrás, alejarnos huyendo de todo cuanto nos agobia… En mi caso, el exeso de escritura en noviembre me ha hecho perder incontables horas frente a toda clase de pantallas, haciendo cualquier cosa menos continuar con mis proyectos literarios.

Tampoco soy el único. Luego de revisar foros y comentarios de otros participantes, pareciera tratarse de un mal generalizado. Diciembre es para esta maratón creativa como la resaca al día siguiente de una borrachera. Nuestra mente necesita descanso, pero también desintoxicarse de tantas palabras, tantas ideas al vuelo, noches en vilo y tensión por llegar a la meta.

¿La solución?

A veces basta con darle tiempo a las cosas, dejarlas que vuelvan por sí mismas al cauce normal. Entender la situación y aceptarla sin culpabilizarse también puede ser de gran ayuda. Después de todo, el agotamiento ocurre tras un esfuerzo tremendo, un esfuerzo que nos hace más fuertes, más capacitados para la próxima vez. Este hiato es pasajero; la experiencia obtenida nos quedará para el resto de nuestra existencia. Parece un intercambio bastante favorable.

Entre tanto el cine, la comida chatarra, las distracciones de todo tipo, buena compañía, un libro que nos mantenga despiertos hasta la madrugada… todo ello contribuirá a que recobremos prontamente la cordura.

¡Feliz descanso!

¿Qué es el talento?

2011/12/06

Tetradracma griego. El talento era una unidad de peso para uso comercial; el concepto luego evolucionó para denotar la valía de una persona.

En un artículo anterior menciono la relación entre escritura, talento y esfuerzo personal.

El problema con algunas palabras es que la mayoría las utiliza sin conocer bien su significado, o si éstas poseen varios, suelen ocurrir confusiones entre la idea que intenta expresar uno y el mensaje que entiende otro.

Talento es una de ellas.

Cuando hablamos del talento, ya sea artístico en general o más específico, como el talento musical o el literario, ¿a qué exactamente nos estamos refiriendo? Se me ocurren algunas opciones:

Persona sobresaliente. La primera idea que me viene a la mente al escuchar esta palabra en su uso cotidiano es la de un prodigio, alguien famoso en virtud de su asombrosa capacidad artística. Beethoven, Picasso, Sor Juana Inés de la Cruz y un reducido número de ‘grandes nombres’ conforman los ejemplos típicos.

Inteligencia, astucia. Una segunda versión se refiere más específicamente a la capacidad intelectual que tienen algunos individuos para desempeñarse con gran eficacia en ciertas profesiones más mentales, como leyes, comercio, economía o historia.

Vocación, ambición. En tercera instancia pensamos en alguien cuyas inclinaciones y deseos personales le hacen sobresalir (¡nuevamente esta palabrita!) en un campo determinado, ya no solo el artístico sino virtualmente cualquier actividad humana. No es la capacidad o inteligencia lo que llaman la atención en este caso, sino la actitud de la persona hacia su actividad predilecta.

Aptitud o idoneidad. Esta última es la menos llamativa de todas. Se trata de tener una simple capacidad para realizar determinada labor o para desempeñarse en algún puesto. En este caso ya no vienen a la mente retratos de famosos, sino imágenes genéricas de hombres y mujeres competentes, uniformados según sus distintas profesiones así lo exijan, pero siempre cumpliendo sus labores a cabalidad y con pericia.

Ahora bien, todas estas ideas generales tienen dos cosas en común. La primera es bastante evidente: quien posee algún talento necesariamente llamará la atención respecto de otras personas, en el mismo campo, que no lo posean.

La segunda, menos obvia, es que en todos los casos cada individuo debió realizar alguna clase de esfuerzo repetido y constante a fin de convertir su aptitud, capacidad o vocación en algo útil. “A Dios rogando y con el mazo dando”, como dicen por ahí.

En otras palabras, lo que llamamos talento puede ser, sencillamente, el resultado del esfuerzo personal, y no algo innato.

Creo firmemente que todos poseemos alguna clase de talento. Nuestra labor consiste primero en descubrirlo y luego cultivarlo. Como digo en los comentarios al artículo antes mencionado, sin trabajo arduo el talento no brilla, igual que no reluce una joya que ho ha sido pulida.

¡Feliz escritura!

El escritor no nace, se hace

2011/11/23

Existe la opinión generalizada según la cual escribir es algo que ya se trae, algo innato. Según esta visión de mundo, los talentos y capacidades son producto de la suerte, del destino, de los genes. Si alguien es muy hábil (o por el contrario, posee alguna debilidad particular) esto se debe a factores enteramente fuera de su control. Pero esta visión fatalista no es más que una muleta, una excusa para no atreverse, para no sentirse culpable si se llega a fracasar en la obtención de una meta.

Muchos aspirantes a escritores han aceptado consciente o inconscientemente esta idea dañina y, como resultado, algunos iniciales intentos fallidos o de relativamente baja calidad bastaron para desmotivarlos. Son comunes frases como “yo no sirvo para esto” o “no tengo talento”. El problema se agrava cuando un escritor novato compara sus primeros trabajos con los de algún profesional o, peor, con los de alguno de los grandes nombres de la literatura universal. Recuerdo perfectamente lidiar con ese mismo problema hace años, cuando intenté comparar mis incipientes poemas con algunos de Neruda y Darío. Tal fue mi desilusión que preferí hacer el intento con narrativa antes de seguir “perdiendo el tiempo”. No abandoné completamente la escritura, pero estuve muy cerca.

Este descontento inicial con mis propios trabajos no fue totalmente inútil: luego de algunos años me permitió entender que es necesario reconocer nuestras limitaciones, no para darse por vencido sino para buscar la forma de superarlas. Para ese momento ya había abandonado mis aspiraciones literarias y me encontraba estudiando inglés como segunda lengua a fin de dedicarme a una profesión “de verdad”. Pero fue precisamente en el aula, analizando obras clásicas tanto de poesía como de cuento y novela, que recuperé el gusto por la escritura. En los cursos de redacción española primero, e inglesa después, tuve contacto con manuales diseñados para aprender las bases de la escritura académica (el ensayo en diversos formatos), y esto me abrió los ojos: la gente sí puede aprender a escribir, aun cuando a la mayoría nos cueste en un principio.

La idea subyacente es más o menos simple: la escritura es una destreza como hablar o caminar y al principio no podemos hacerlo bien, sino que nos vemos forzados a arrastrarnos o balbucear incoherencias. ¿Cómo pasamos desde ese punto al de ser capaces de redactar y escribir con corrección y calidad? Muy sencillo: práctica, práctica y más práctica. A fuerza de tanto arrastrarnos aprendemos a gatear, a agarrarnos de algo y ponernos en pie; damos pasos tambaleantes, nos caemos, puede que a ratos nos gane la frustración, pero tarde o temprano logramos sostenernos y dar varios pasos. Sin darnos cuenta hemos aprendido a caminar, correr, saltar, dar vueltas de carreta, y algunos hasta lo convierten en su profesión como atletas de tiempo completo. ¡En el campo de las letras ocurre lo mismo!

Claro, las caídas y los tumbos de ciego son parte del proceso; lo importante es no darse por vencido. Recordemos que, sin excepción, los grandes escritores también aprendieron a leer y escribir una palabra a la vez. La diferencia con otras personas estuvo, en gran medida, en la motivación para seguir haciéndolo más allá de los requisitos escolares. Es decir, lo hicieron por gusto hasta que ambos, lectura y escritura, se convirtieron en parte de su identidad. No se dejaron vencer por las dificultades y las tempranas decepciones, porque estaban convencidos de su capacidad para decir algo valioso a través de sus palabras.

Eso sí, existen algunos atajos y herramientas para hacernos la vida más fácil en este proceso constante de aprendizaje. Como nadie aquí pretende inventar el agua tibia, siempre es útil y provechoso buscar a alguien más adelantado en este camino y pedirle ayuda. Antes mencionaba los manuales de redacción académica, pero además de esos también hay publicaciones específicas para escritores como libros y revistas sobre escritura creativa, además de talleres, cursos y en algunos países hasta carreras universitarias completas. Literalmente, miles de personas en todo el mundo han convertido su pasión por la escritura en una profesión real y bien remunerada gracias a que tuvieron el empeño para seguir intentándolo y las herramientas para refinar sus destrezas.

Busquemos en lo profundo de nuestra psique y desterremos esas ideas negativas sobre la escritura, incluyendo cualquier origen divino o sobrenatural de las capacidades y talentos. Recordemos que nuestra escritura de hoy, con todas sus imperfecciones y fallos, es la base sólida para trabajos futuros, y démonos permiso para cometer errores, pero sin olvidarnos de buscar siempre maneras de corregirlos. Convenzámonos pues, con la práctica diaria, de que el escritor no nace, se hace.

¡Feliz escritura!

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