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Guy Fawkes y los libros malditos

2011/11/05

“Recuerden, recuerden, el 5 de noviembre.

Conspiración, pólvora y traición.

No veo la demora y siempre es la hora

para evocarla sin dilación”.

–Rima tradicional inglesa

El día de hoy en Londres y buena parte del Reino Unido se conmemora la fecha en que, hace cuatrocientos años, un hombre intentó hacer estallar con pólvora el parlamento inglés. Más bien, la gente celebra que el atentado no tuvo éxito, pues el sujeto en cuestión fue descubierto y apresado antes de lograr su cometido. Guy Fawkes –Guido para los puristas– no era otro descontento cualquiera: era un católico resentido por los esfuerzos de la clase gobernante por suprimir su fe en ese territorio, un ex-soldado que luchó para el ejército español en los Países Bajos, defendiendo una cultura y una creencia.

Independientemente de si estamos de acuerdo o no con el extremo al que ese personaje histórico llegó para defender su libertad, hay lecciones valiosas que sacar de dicho evento. Lo importante de esta fecha, en mi humilde opinión de latinoamericano que no suele celebrar nacionalismos extranjeros ni luchas entre religiones, es precisamente el recuerdo de que la gente es capaz de hacer toda clase de barbaridades a fin de imponer un punto de vista. España, Francia, Estados Unidos y muchos otros países “de primer mundo” alcanzaron ese estatus a fuerza de violencia, esclavitud y explotación de pueblos militarmente más débiles, siempre blandiendo la excusa de llevar civilización, cultura, la fe verdadera o la gloriosa democracia a estas tristes y retrasadas naciones. ¿Con qué derecho? Pues porque está de moda creerse salvadores del mundo.

En otras palabras, si no piensas igual que yo entonces eres tonto y no vales nada, así que te pudrirás en el infierno o mejor aún, servirás para algo porque harás lo que yo digo y punto.

En el campo de la literatura, o más ampliamente, de los libros, el tema de la imposición de pensamientos se ha expresado de variadas maneras: libros aprobados con la estampa oficial de un gobierno o grupo religioso, libros considerados ofensivos o controversiales, libros censurados porque atentan contra las buenas costumbres y el orden público (entiéndase, contra el partido político gobernante), y libros directa y abiertamente prohibidos, confiscados y quemados en nombre de algún ideal exclusivo de grupos particulares con el poder para hacer de las suyas.

Los libros malditos han existido desde que existe la escritura y seguirán existiendo por mucho tiempo más. Desde el faraón egipcio Akenatón, quien mandó a destruir textos sagrados referentes a los dioses anteriores a fin de establecer su nueva religión, hasta la quema de biblias y torás por parte del gobierno nazi en la segunda guerra mundial, o el índice de libros prohibidos por la iglesia católica que incluye todo texto de otras religiones y creencias, cada año se prohíben libros en casi todas partes del mundo.

En el extremo sur de América, durante la dictadura, era peligroso tener cualquier clase de libro, y la gente se reunía en fiestas privadas para leer y quemar los libros que tuvieran, no fuera que el gobierno les descubriera esos objetos prohibidos. Y aquí mismo, en mi natal Costa Rica, se prohibió hace muy pocos años en las escuelas leer Cocorí, una novela infantil de Joaquín Gutiérrez y muy querida por buena parte de la población, porque a una diputada se le ocurrió tildarlo de racista. ¿El motivo? Su personaje principal, un niño de raza negra, se enamora de una niña blanca y rubia (la moraleja: queda prohibido amar a gente distinta de nosotros).

Desde Harry Potter hasta Los Versos Satánicos y La Naranja Mecánica, la gente prohíbe y destruye libros todos los días, y algunos hasta lo hacen a la manera tradicional: congregando a sus camaradas en plazas públicas y haciendo arder los ofensivos tomos en una linda hoguera, justo como esta noche los ingleses encenderán fuegos por todo su país en recuerdo de aquél complot. Bien que mal, resulta todo un ambiente festivo para los niños.

¿Qué podemos hacer nosotros, los escritores y el público lector en general? Pues para empezar, tomemos consciencia y llamemos la atención sobre esto en nuestro círculo social. Leamos esos libros que otros han prohibido, para que las editoriales y librerías sigan produciéndolos y poniéndolos a disposición de la gente. Y escribamos. No importa si es un artículo de blog, un cuento, una novela, pero escribamos libremente y sin tapujos. ¿Y si nos llegan a prohibir nuestra obra? Pues sintámonos orgullosos de haber tocado una fibra sensible y de decirle al mundo “no nos callarán para siempre”.

¡Feliz escritura!

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