Archive for the 'Opinión' Category

Cuestión de actitud

2013/07/29

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Podemos afrontar el acto de escribir con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta frustración –ese desaliento al reconocernos incapaces de poner completamente en palabras lo que tenemos en la mente y en el pecho–. Podemos afrontar este acto con los puños cerrados y la mirada torva, listos para patear traseros y poner al mundo en su lugar. Podemos hacerlo porque deseamos casarnos con la mujer de nuestros sueños o para cambiar el mundo. Hagámoslo de cualquier modo, excepto a la ligera. Lo diré una vez más: no escribamos con ligereza.

No pido hacerlo con obediencia o una actitud reverente; no pido un lenguaje recatado ni abandonar el sentido del humor (¡por Dios, que lo tenemos!). Escribir no es un concurso de popularidad, no son las olimpiadas de la moral y no es la iglesia. ¡Es escritura, maldita sea!, no lavar el auto o maquillarse las cejas. Si podemos tomárnoslo en serio, entonces perfecto, sigamos adelante. Si no podemos, o no queremos, mejor será dejar de leer y dedicarse a otra cosa.

Lavar el auto, por ejemplo.

–Stephen King, On Writing: A Memoir on the Craft

A las palabras de King me gustaría agregar un comentario adicional: no escribamos por obligación. Sí, los escritores profesionales deben cumplir plazos, y cualquiera que desee publicar un día algo decente debe escribir con cierta regularidad aunque ese momento no sienta ganas o no esté “inspirado”. Si escribimos, que sea por elección propia, porque lo deseamos; o por presión interna, porque los mundos imaginados no se contentarán con quedar en el olvido, y las historias y los rostros nos acosarán de día y de noche hasta verse convertidos en palabra.

En el momento en que escribir se torna en una obligación, en una tarea más, en un compromiso, y perdemos el gusto, el impulso creador, y podemos dormir tranquilamente y dejar para la mañana esa idea que llegó a despertarnos de madrugada, entonces más vale buscar otro pasatiempo.

Para escribir en serio, de verdad, nos debe importar lo escrito, debe ser parte de quienes somos. Parece algo demasiado subjetivo, pero en este caso nuestra actitud al escribir hace toda la diferencia.

Y usted, ¿por qué escribe?

¡Feliz escritura!

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12 de octubre, día de la lengua española

2012/10/13

La lengua no es la envoltura del pensamiento sino el pensamiento mismo.
-Miguel de Unamuno (1864-1936) Filósofo y escritor español.

Siempre lamento la desaparición de cualquier lengua, puesto que las lenguas son el pedigrí de las naciones.
-Samuel Johnson (1709-1784) Escritor inglés.

Se siente como una espina en la consciencia el hecho que el día de ‘nuestra’ lengua se celebre oficialmente en el aniversario del inicio de la destrucción de miles de lenguas indígenas. España celebra su conquista territorial e ideológica, comenzando por la última gran ciudad arrebatada a los moros: Castilla. Mientras tanto, en América la gente copia la celebración, sin recordar a las millones de víctimas del imperio donde nunca se ponía el sol.

“Día de la raza”, “encuentro de culturas”… no son más que eufemismos, nombres falaces que pretenden borrar los hechos.

¡Tan fácil que resulta para el vencedor escribir a su conveniencia los libros de historia! Tan fácil que resulta imponer a la fuerza un punto de vista, una forma de hacer las cosas, pasándole por encima a la memoria. Tan fácil que la gente olvida su pasado y se acoge a la nueva moda, la nueva lengua, la nueva ideología.

Pero, ¿de qué ha valido? Al español peninsular no le queda ya más que resignarse por la creciente transformación de aquella lengua de Cervantes, que a estas alturas ya ni en la propia España se escucha hablar. Se ha perdido para siempre, ante la creciente evolución y divergencia cultural de sus hablantes, tanto en Europa como en los demás continentes.

Las lenguas se transforman, cada pueblo se las apropia y las hace suyas, les imprime sus particulares matices, nuevos significados, sonidos cercanos a lo suyo. Cada variante trae consigo una visión de mundo.

Así, el español de México no es tan distinto del de Argentina, o el de Costa Rica y, sin embargo, cada cual es único, maravilloso. Nos entendemos, cumpliendo así el requisito básico de la comunicación, pero al mismo tiempo cada quien puede reconocer y reconocerse en la lengua materna, sea cual sea su origen específico.

Somos hispanohablantes, crisol genético y cultural, pero también somos americanos (o africanos, asiáticos, europeos); nuestra lengua nos enriquece pero no nos define.

Si se quiere conmemorar esa lengua de Castilla que ya tantos pueblos del mundo compartimos, tal vez la mejor fecha sea el natalicio de Cervantes, o el aniversario de la publicación del Quijote.

Hace rato acabó el tiempo de la colonia tangible, pero la colonia intangible, la cultural, la del pensamiento y visión de mundo, esa todavía nos aprisiona. Nuevas colonias pretenden imponerse, y las aceptamos ciegamente, contentos de poder tomar Cocacola e intercalar algunas palabras del inglés en nuestro vocabulario cotidiano.

Para los pueblos del nuevo mundo, el 12 de octubre es y será siempre el aniversario de una gran tragedia. No es una fecha digna de celebrarse. Conmemorar es más apropiado, es recordar juntos los errores del pasado para aprender de ellos y no repetirlos.

Recordemos pues, en esta fecha, todas las vidas, historias, culturas y lenguas destruidas. Recordemos quiénes somos, para que no nos vuelvan a cambiar oro y joyas por baratijas.

Cómo ser un escritor de éxito

2012/06/01

Muchas personas creen que escribir es fácil, y se figuran que basta con tener cierta habilidad mecanográfica y un poco de imaginación. Otros sueñan con la fama y el dinero, pero se desaniman al percatarse de todo el esfuerzo involucrado en hasta el más simple de los proyectos narrativos. Más aun, por cada autor publicado hay al menos diez que nunca verán su obra en los anaqueles de una librería, y aunque el libro digital está cambiando las reglas ligeramente, todavía el índice de anonimato es bastante alto.

¿Cuáles son algunas de las características necesarias para convertirse en un escritor exitoso? A continuación propongo una breve lista, pero evidentemente pueden ser más. Se trata de siete distintivos que he podido observar en profesionales del calibre de Stephen King, Isabel Allende o Gabriel García Márquez, y esforzarnos por adquirirlas y desarrollarlas puede ser la diferencia entre el éxito o el fracaso literario.

1-Visión

Como cualquier buena empresa o proyecto, todo inicia con una visión. Deseamos expresar algo, tenemos una historia que contar y llegamos a la conclusión de que la mejor manera de hacerlo es escribiéndola. Pero de ahí a convertir esa inquietud en nuestra profesión hay una gran distancia. Debemos poder imaginar cómo será nuestra vida cuando logremos ese objetivo, pero más importante aún, cómo llegaremos hasta ahí y cuales serán los resultados de nuestro esfuerzo.

2-Vocación

Ser escritor no es asunto de elegidos por la mano del destino ni nada similar, sino más bien acerca de tener la suficiente motivación y seguridad de que es lo mejor para nuestra vida, de que es nuestro ‘llamado’. Debemos ser capaces de disfrutar del proceso creativo y de las largas horas a solas con nosotros mismos más de lo que disfrutamos del reconocimiento, el dinero u otros beneficios posteriores de la escritura (algunos de los cuales tal vez nunca lleguen a darse). De lo contrario no tendremos la suficiente energía para todo el esfuerzo requerido.

3-Inteligencia

Algunos parecieran haber nacido con ella, otros debemos esforzarnos por desarrollarla. Pero la inteligencia a que me refiero es la empresarial. Sí, escribir es principalmente un asunto de sensibilidad y vocación, pero si no tenemos los pies bien plantados en la tierra para manejar nuestro tiempo, planificar las tareas específicas, administrar nuestros recursos y ser realistas con nuestras expectativas, de nada valdrán las otras cualidades pues aun así no duraremos gran cosa en nuestro intento por escribir como medio de vida. A menos que aprendamos a ver la escritura como vemos nuestro trabajo, jamás dejaremos de ser meros aficionados.

4-Creatividad

Si bien hay muchas dudas acerca de si la creatividad es algo inherente o si podemos aprenderla, algo sí es definitivo: podemos cultivarla. Para ello es necesario nutrirse constantemente del trabajo de otras mentes, de otros artistas. Pero también debemos esforzarnos por buscar siempre la forma de contribuir con algo valioso a nuestros lectores, algo de nuestra propia experiencia y no simplemente la copia de algún tema trillado o frase hecha.

5-Habilidad

Escribir requiere destrezas técnicas en el dominio del lenguaje (gramática, ortografía, claridad, estilo, etcétera). También resulta necesario dominar al menos las teorías básicas sobre planeamiento de obras, estructuras narrativas, diálogo, exposición, trama, y un sin fin de otros aspectos ‘mecánicos’. Sin ello no llegaremos muy lejos en un campo donde la competencia tanto como la crítica son brutales.

6-Seriedad

La seriedad no tiene relación con el contenido de nuestras obras sino con el conjunto de actitudes que nos definen como profesionales de la escritura. No hay nada peor que un autor embriagado de supuesta fama –aun si la merece–, y en segundo lugar están quienes viven quejándose de no tenerla. También están los bohemios, los que dependen de alguna substancia tóxica, y toda clase de fauna escritoril.

7-Tenacidad

Escribir bien no es algo que pueda aprenderse de la noche a la mañana con solo leer un manual. Es necesario practicar mucho, tener la capacidad de superar gran cantidad de obstáculos (como la incomprensión de familiares y amistades, la falta de tiempo o la procrastinación), y sobre todo, no rendirse a medio camino.

¿Cuáles otras características podemos identificar en escritores exitosos? ¿Cuáles pueden ser más fáciles o difíciles de alcanzar? Deja tu opinión más abajo.

¡Feliz escritura!

Mitos sobre la escritura, Lori Handeland

2012/05/30

Hoy me gustaría compartirles un extracto de este artículo de Lori Handeland (también conocida bajo el seudónimo de Lori Austin) publicado hace días en la página de Writer’s Digest, la principal revista norteamericana para escritores. Lori pasó años trabajando de mesera y luego administrando un estudio fotográfico antes de vender su primera novela en 1993; ahora sus obras se encuentran entre las listas de más vendidos del New York Times. Para conocer más acerca de ella, puedes visitar sus páginas www.lorihandeland.com y www.loriaustin.net.

1. Los libros destacados en las portadas de revistas literarias llegan a tan prestigioso lugar gracias a que son ‘los mejores’. (Es un espacio pagado.)

2. Las reseñas dadas por otros autores carecen de sesgo. (Generalmente son escritas por amigos, o solicitadas por el editor o agente del autor.)

3. Los escritores profesionales ganan tanto dinero como para renunciar a sus empleos diurnos y nocturnos. (La mayoría de escritores profesionales no ganan un salario suficiente para mantenerse de ello. Escriben en sus ‘ratos libres’.)

4. Una vez que un autor logra ser aceptado por la industria editorial, se quedan ahí para siempre. (Cada libro es juzgado por sus propios méritos.)

5. Los autores se convierten instantáneamente en celebridades. (Nada es instantáneo en el mundo editorial.)

6. Oprah* te llamará. (No lo hará. Deja de esperar.)

7. Los libros en los estantes principales de las librerías son ‘los mejores’. (También este es un espacio pagado.)

8. No es necesario preocuparse por la gramática o puntuación; eso es trabajo del editor. (Si un editor recibe una propuesta mal redactada, dejará de leer. Con costos tiene tiempo de leerlo; no va también a corregirlo.)

9. El cheque llegará puntual. (¿Desde cuándo llegan a tiempo los cheques?)

10. Una vez que publiques, los rechazos editoriales son cosa del pasado. (He recibido más cartas de rechazo LUEGO de tener libros publicados de las que llegué a recibir antes.)

*Oprah Winfrey es capaz de convertir cualquier libro en best-seller con solo recomendarlo en su programa o sitio web. Pero esto es otro espacio pagado, y son sus productores quienes deciden.–JAO

A estos interesantes aportes de Lori, quisiera añadir algunos cuantos propios:

1. Escribir es fácil: solo se necesita imaginación y una computadora. (Si fuera fácil, todo el mundo escribiría. La dura realidad es que la mayoría apenas sabe redactar correos electrónicos, y se angustian ante la idea de escribir una página completa para cualquier informe de oficina.)

2. Escribir es algo ‘que se trae’, si tenemos talento el éxito está asegurado. (Lo único que se trae son las ganas, todo lo demás hay que trabajarlo. Es más, hasta las ganas son discutibles: los escritores son famosos por su enorme capacidad de procrastinación.)

3. Nos reconocerán en la calle y daremos muchos autógrafos. (Nuestros amigos y familiares nos reconocerán en la calle. La firma, no el autógrafo, nos la pedirán en bancos, en recibos de tarjetas de crédito y otras cosas similares.)

4. Publicar resolverá nuestros problemas personales. (Por el contrario, los incrementará. La gente a nuestro alrededor sí se creerá el cuento de que tenemos una vida glamorosa y que estamos forrados en dinero, y eso trae consecuencias. Además, quienes llegan a creerse superestrellas suelen alejar las verdaderas amistades…)

5. Un libro publicado demuestra inteligencia, experiencia y talento. (Con tantas empresas de autoedición, amistades en editoriales, premios literarios ‘arreglados’ y otras tantas, es el contenido de la obra, no la publicación en sí, lo que deberá demostrar si posee algún valor.)

Si tienes otros mitos que añadir a la lista, ¡deja un comentario!

 

¡Feliz escritura!

 

Divertimento – La inspiración

2012/04/27

¿Qué es la inspiración, esa extraña ráfaga de aire fresco y chispas radiantes, tan ansiada por creadores o artistas y al mismo tiempo tan escasa? Sin ella nos cuesta mover los dedos aunque sea para presionar el botón de encendido en el televisor. Cuando está presente no importa si llueve o truena o si un tsunami se nos viene encima, el cuerpo y la mente responden como por posesión demoniaca ante el ineludible llamado creativo. Son momentos para tenerle cuidado al autor, y que nada ni nadie ose distraernos si no desea ser víctima de una ira volcánica y fulminante.

Inspirar es abrir los pulmones y llenarlos de aire. Es abrir el pecho y llenarlo de emoción. Es abrir la mente, y llenarla de ideas. Abrir por fin el alma y llenarla de aliento vital y divino, ese espíritu generador que penetró en una estatuilla de barro y la hizo un hombre, un animal pensante, capaz de levantarse y andar y conocer y dar nombre a todos los seres y todas las cosas. Un creador a imagen de su Creador, libre para idear, pensar, descubrir, imaginar, soñar, diseñar, planear, estructurar, construir, y participar activamente en la obra de sí mismo.

Los mitos y las religiones dan todos cuenta del acto creativo original. Todos incluyen elementos básicos comunes, en donde un ser divino tomó algunos materiales como tierra y agua para hacer barro, fuego para cocinarlo y viento para hacerlo despertar; como madera del árbol sagrado tallada en forma humana y, nuevamente, imbuida con el espíritu vital. El papel de la divinidad como punto originador del cosmos le da un carácter divino a todo acto creativo, y en nuestra ingenuidad queremos adoptar esta aureola gloriosa, comparándonos y reconociéndonos como el único animal realmente capaz de crear por puro arte en lugar de ciego instinto.

No debe extrañar que, en las culturas antiguas, la creatividad y la creación artística en cualquier ámbito fueran vistas como algo sagrado, como un don o regalo celestial, una cualidad invisible que eleva al artista por encima de sus congéneres hasta el estado de semidiós incomprendido, las gentes comunes incapaces de otra cosa más que admiración profunda o terrible envidia. Aún hoy en día más de un creador, imaginándose coronado con laureles dorados, siente elevar su cuerpo por encima del mundanal ruido (y si para esto necesita que la hierba esté muy verde, o el líquido muy puro, ¿a quién le importa?).

La inspiración es así obra de las Musas, esas doncellas temperamentales y demasiado distraídas, que te visitan una semana, una noche, un segundo, para luego marcharse por temporadas enteras a sus blancas mansiones mediterráneas. O acaso sea Saga, señora de la historia de los reyes y proezas heroicas, que derramó unas gotas de su néctar cuando descuidadamente le susurraba a Odín, su amante, algún relato pícaro al oído. El propio Odín, y Bragui, de sus muchos hijos, difundieron prodigiosamente sus excesos para el beneficio de poetas y bardos por doquier. Fácil resulta entender por qué motivo el creador se vea en necesidad de alimentarse abundantemente con el producto de otros artistas, de otros elegidos: el hidromiel sagrado de la inspiración se encuentra ahí donde otros han bebido de él y se han extasiado en sus vapores.

La inspiración entonces no se relaciona en lo más mínimo con tener ideas (éstas un mero subproducto de aquélla). Las ideas, al igual que los burdos materiales del artista, sus brochas y pinturas, su pluma y pergamino, su mármol y cincel, son objetos definidos y susceptibles de cambio y transformación temporales. Una idea no basta para llevar a cabo la obra maestra. Se pueden tener todas las ideas del mundo, toda la técnica y las herramientas, que sin inspiración no valen nada; de igual modo que la inspiración, aún desprovista de trabajo duro, destreza e ingenio, es capaz de convertir en arte hasta el objeto más común y más vulgar, el más cotidiano. Esto lo dicen los creadores modernos, los semidioses, los genios; entonces no hay más remedio que aceptarlo como cierto.

¿Qué es la inspiración, a fin de cuentas? Si lo sabes, ¡no me digas! No quiero que me arruines el misterio.

 

¡Feliz escritura!

 

Nuestra obsesión

2012/03/28
Thomas Mann, 20 April 1937

Thomas Mann (Foto: Wikipedia)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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“Un escritor es alguien a quien escribir le resulta más difícil que a otras personas.” –Thomas Mann

 

¿Le parece contradictoria esta idea?

¡Por supuesto! Pero no por ello deja de tener algo de verdad.

Para la mayoría de la gente, escribir es una tarea cotidiana e insignificante, una más de tantas cosas utilitarias de las que debemos encargarnos: contestar correos electrónicos, enviar mensajes de texto, dejar un breve apunte pegado al refrigerador… Al redactarlos no suele prestárseles mucha atención, y a nadie (o casi nadie) le importa si la letra está algo ilegible, si hay errores de concordancia o de ortografía, ni siquiera si le falta puntuación. Lo que importa es hacerse entender, y para la mayoría eso es suficiente.

Un escritor debería, según el sentido común, haber desarrollado una facilidad de expresión suficiente como para ganarse el pan diario. Después de todo, escribir no tiene mucha ciencia, basta con mecanografiar rápido y tener alguna idea del asunto a tratar. Por lo menos eso piensan.

Pero no, esa no es la realidad de escritores o profesionales de las letras (traducción, filología, periodismo, edición, etcétera). Para nosotros cada palabra cuenta, y aun a riesgo de parecer obsesivos, podemos tardar muchísimo rato leyendo y releyendo cada renglón en busca de erratas, devanándonos los sesos en pos de la palabra precisa, pronunciando cada frase en voz alta para darnos una mejor idea del efecto que puede llegar a tener en nuestros lectores… y no me refiero solo a trabajos más serios, sino a todo lo que llegamos a poner en palabras; sí, inclusive los mensajes por teléfono.

¿Exagerado? ¡Para nada!

Y es que no se trata de esnobismo gramatical ni cosa semejante. La palabra bien escrita es nuestra pasión, sin importar el medio o la circunstancia.

 

Y a usted, ¿qué tanto le cuesta escribir?

 

Solo podemos dar lo que tenemos

2012/03/20

¿Así o más sencillo?

Quien escribe no puede pretender que la inspiración le baje de los cielos y surja espontáneamente una obra de arte digna de ser recordada por el resto de la eternidad. Cierto, los antiguos afirmaban que esa era su forma de trabajo… pero ellos no inventaron nada nuevo, y en cambio se dedicaron a recoger (como Homero) las historias populares y darles una forma estética más acabada. Es decir, hicieron su buena parte de investigación y aplicaron las herramientas físicas e intelectuales de su oficio a la tarea emprendida. Pero si los seguimos leyendo es por otro motivo: tenían algo valioso que contar.

Escribir no es un simple acto mecánico de seguir esta o aquella fórmula y mover los dedos de cierta manera sobre un teclado hasta obtener una obra terminada. Me consta que hay quienes así piensan, pero el resultado es siempre lamentable: un cascarón vacío y sin vida, las mejores de las veces como un huevo de pascua, muy decorados en el exterior pero insubstanciales.

Escribir es compartir. Para escribir hay que tener algo qué decir, y sin esto, el intento es vano ya de por sí.

Y nosotros, ¿qué tenemos para dar?

Tenemos aquello de lo que nos hayamos nutrido, pero no en su versión prístina y original, sino regurgitada, masticada, mezclada con saliva, sudor y jugos gástricos hasta quedar transformada en composta. (Dicen incluso por ahí que no existen las ideas originales: todas son resultado de esta especie de humus en el inconsciente.)

Tenemos el fruto de nuestras destrezas y potencialidades, cualesquiera que sean, algunas en estado salvaje, otras más o menos cultivadas.

Tenemos nuestros puntos de vista, prejuicios, limitaciones, actitudes, vicios y virtudes, la mayoría de ellos desconocidos para nosotros mismos (aunque nunca faltará quien sea capaz de señalarlos). Pero sobre todo, tenemos experiencia de vida.

Tenemos recuerdos, sueños, frustraciones, éxitos, fracasos, y muchas preguntas sin responder. Tenemos rencores y amistades, celos y envidias, gratitudes y deudas, besos, silencios y suspiros. Tenemos palabras susurradas al oído, gritos a todo pulmón, mordeduras de lengua, el corazón en la garganta.

Y por encima de todas las cosas, tenemos aquellos momentos compartidos con otros seres humanos, con otras vidas, y ahí reside el poder de contar una historia y encontrar a alguien que quiera, si acaso por un momento, prestarle atención. Porque es aquello que tenemos en común con los otros el único puente capaz de salvar las distancias entre dos mentes, entre dos corazones, y hacernos olvidar por un momento nuestra pequeña cúpula de cristal para salir en espíritu a explorar ese otro mundo vislumbrado en un relato.

Tenemos historias, todos nosotros, que valen la pena ser contadas.

No perdamos el tiempo en estudios de mercado ni prostituyamos nuestra vida y nuestro esfuerzo en confeccionar el próximo ‘best-seller’ según supuestas fórmulas establecidas. Si la historia que contamos es real, hallará un oído atento; si no lo es, se perderá irremediablemente en medio del bullicio.

¡Feliz escritura!

¿Qué es el talento?

2011/12/06

Tetradracma griego. El talento era una unidad de peso para uso comercial; el concepto luego evolucionó para denotar la valía de una persona.

En un artículo anterior menciono la relación entre escritura, talento y esfuerzo personal.

El problema con algunas palabras es que la mayoría las utiliza sin conocer bien su significado, o si éstas poseen varios, suelen ocurrir confusiones entre la idea que intenta expresar uno y el mensaje que entiende otro.

Talento es una de ellas.

Cuando hablamos del talento, ya sea artístico en general o más específico, como el talento musical o el literario, ¿a qué exactamente nos estamos refiriendo? Se me ocurren algunas opciones:

Persona sobresaliente. La primera idea que me viene a la mente al escuchar esta palabra en su uso cotidiano es la de un prodigio, alguien famoso en virtud de su asombrosa capacidad artística. Beethoven, Picasso, Sor Juana Inés de la Cruz y un reducido número de ‘grandes nombres’ conforman los ejemplos típicos.

Inteligencia, astucia. Una segunda versión se refiere más específicamente a la capacidad intelectual que tienen algunos individuos para desempeñarse con gran eficacia en ciertas profesiones más mentales, como leyes, comercio, economía o historia.

Vocación, ambición. En tercera instancia pensamos en alguien cuyas inclinaciones y deseos personales le hacen sobresalir (¡nuevamente esta palabrita!) en un campo determinado, ya no solo el artístico sino virtualmente cualquier actividad humana. No es la capacidad o inteligencia lo que llaman la atención en este caso, sino la actitud de la persona hacia su actividad predilecta.

Aptitud o idoneidad. Esta última es la menos llamativa de todas. Se trata de tener una simple capacidad para realizar determinada labor o para desempeñarse en algún puesto. En este caso ya no vienen a la mente retratos de famosos, sino imágenes genéricas de hombres y mujeres competentes, uniformados según sus distintas profesiones así lo exijan, pero siempre cumpliendo sus labores a cabalidad y con pericia.

Ahora bien, todas estas ideas generales tienen dos cosas en común. La primera es bastante evidente: quien posee algún talento necesariamente llamará la atención respecto de otras personas, en el mismo campo, que no lo posean.

La segunda, menos obvia, es que en todos los casos cada individuo debió realizar alguna clase de esfuerzo repetido y constante a fin de convertir su aptitud, capacidad o vocación en algo útil. “A Dios rogando y con el mazo dando”, como dicen por ahí.

En otras palabras, lo que llamamos talento puede ser, sencillamente, el resultado del esfuerzo personal, y no algo innato.

Creo firmemente que todos poseemos alguna clase de talento. Nuestra labor consiste primero en descubrirlo y luego cultivarlo. Como digo en los comentarios al artículo antes mencionado, sin trabajo arduo el talento no brilla, igual que no reluce una joya que ho ha sido pulida.

¡Feliz escritura!

El escritor no nace, se hace

2011/11/23

Existe la opinión generalizada según la cual escribir es algo que ya se trae, algo innato. Según esta visión de mundo, los talentos y capacidades son producto de la suerte, del destino, de los genes. Si alguien es muy hábil (o por el contrario, posee alguna debilidad particular) esto se debe a factores enteramente fuera de su control. Pero esta visión fatalista no es más que una muleta, una excusa para no atreverse, para no sentirse culpable si se llega a fracasar en la obtención de una meta.

Muchos aspirantes a escritores han aceptado consciente o inconscientemente esta idea dañina y, como resultado, algunos iniciales intentos fallidos o de relativamente baja calidad bastaron para desmotivarlos. Son comunes frases como “yo no sirvo para esto” o “no tengo talento”. El problema se agrava cuando un escritor novato compara sus primeros trabajos con los de algún profesional o, peor, con los de alguno de los grandes nombres de la literatura universal. Recuerdo perfectamente lidiar con ese mismo problema hace años, cuando intenté comparar mis incipientes poemas con algunos de Neruda y Darío. Tal fue mi desilusión que preferí hacer el intento con narrativa antes de seguir “perdiendo el tiempo”. No abandoné completamente la escritura, pero estuve muy cerca.

Este descontento inicial con mis propios trabajos no fue totalmente inútil: luego de algunos años me permitió entender que es necesario reconocer nuestras limitaciones, no para darse por vencido sino para buscar la forma de superarlas. Para ese momento ya había abandonado mis aspiraciones literarias y me encontraba estudiando inglés como segunda lengua a fin de dedicarme a una profesión “de verdad”. Pero fue precisamente en el aula, analizando obras clásicas tanto de poesía como de cuento y novela, que recuperé el gusto por la escritura. En los cursos de redacción española primero, e inglesa después, tuve contacto con manuales diseñados para aprender las bases de la escritura académica (el ensayo en diversos formatos), y esto me abrió los ojos: la gente sí puede aprender a escribir, aun cuando a la mayoría nos cueste en un principio.

La idea subyacente es más o menos simple: la escritura es una destreza como hablar o caminar y al principio no podemos hacerlo bien, sino que nos vemos forzados a arrastrarnos o balbucear incoherencias. ¿Cómo pasamos desde ese punto al de ser capaces de redactar y escribir con corrección y calidad? Muy sencillo: práctica, práctica y más práctica. A fuerza de tanto arrastrarnos aprendemos a gatear, a agarrarnos de algo y ponernos en pie; damos pasos tambaleantes, nos caemos, puede que a ratos nos gane la frustración, pero tarde o temprano logramos sostenernos y dar varios pasos. Sin darnos cuenta hemos aprendido a caminar, correr, saltar, dar vueltas de carreta, y algunos hasta lo convierten en su profesión como atletas de tiempo completo. ¡En el campo de las letras ocurre lo mismo!

Claro, las caídas y los tumbos de ciego son parte del proceso; lo importante es no darse por vencido. Recordemos que, sin excepción, los grandes escritores también aprendieron a leer y escribir una palabra a la vez. La diferencia con otras personas estuvo, en gran medida, en la motivación para seguir haciéndolo más allá de los requisitos escolares. Es decir, lo hicieron por gusto hasta que ambos, lectura y escritura, se convirtieron en parte de su identidad. No se dejaron vencer por las dificultades y las tempranas decepciones, porque estaban convencidos de su capacidad para decir algo valioso a través de sus palabras.

Eso sí, existen algunos atajos y herramientas para hacernos la vida más fácil en este proceso constante de aprendizaje. Como nadie aquí pretende inventar el agua tibia, siempre es útil y provechoso buscar a alguien más adelantado en este camino y pedirle ayuda. Antes mencionaba los manuales de redacción académica, pero además de esos también hay publicaciones específicas para escritores como libros y revistas sobre escritura creativa, además de talleres, cursos y en algunos países hasta carreras universitarias completas. Literalmente, miles de personas en todo el mundo han convertido su pasión por la escritura en una profesión real y bien remunerada gracias a que tuvieron el empeño para seguir intentándolo y las herramientas para refinar sus destrezas.

Busquemos en lo profundo de nuestra psique y desterremos esas ideas negativas sobre la escritura, incluyendo cualquier origen divino o sobrenatural de las capacidades y talentos. Recordemos que nuestra escritura de hoy, con todas sus imperfecciones y fallos, es la base sólida para trabajos futuros, y démonos permiso para cometer errores, pero sin olvidarnos de buscar siempre maneras de corregirlos. Convenzámonos pues, con la práctica diaria, de que el escritor no nace, se hace.

¡Feliz escritura!

Guy Fawkes y los libros malditos

2011/11/05

“Recuerden, recuerden, el 5 de noviembre.

Conspiración, pólvora y traición.

No veo la demora y siempre es la hora

para evocarla sin dilación”.

–Rima tradicional inglesa

El día de hoy en Londres y buena parte del Reino Unido se conmemora la fecha en que, hace cuatrocientos años, un hombre intentó hacer estallar con pólvora el parlamento inglés. Más bien, la gente celebra que el atentado no tuvo éxito, pues el sujeto en cuestión fue descubierto y apresado antes de lograr su cometido. Guy Fawkes –Guido para los puristas– no era otro descontento cualquiera: era un católico resentido por los esfuerzos de la clase gobernante por suprimir su fe en ese territorio, un ex-soldado que luchó para el ejército español en los Países Bajos, defendiendo una cultura y una creencia.

Independientemente de si estamos de acuerdo o no con el extremo al que ese personaje histórico llegó para defender su libertad, hay lecciones valiosas que sacar de dicho evento. Lo importante de esta fecha, en mi humilde opinión de latinoamericano que no suele celebrar nacionalismos extranjeros ni luchas entre religiones, es precisamente el recuerdo de que la gente es capaz de hacer toda clase de barbaridades a fin de imponer un punto de vista. España, Francia, Estados Unidos y muchos otros países “de primer mundo” alcanzaron ese estatus a fuerza de violencia, esclavitud y explotación de pueblos militarmente más débiles, siempre blandiendo la excusa de llevar civilización, cultura, la fe verdadera o la gloriosa democracia a estas tristes y retrasadas naciones. ¿Con qué derecho? Pues porque está de moda creerse salvadores del mundo.

En otras palabras, si no piensas igual que yo entonces eres tonto y no vales nada, así que te pudrirás en el infierno o mejor aún, servirás para algo porque harás lo que yo digo y punto.

En el campo de la literatura, o más ampliamente, de los libros, el tema de la imposición de pensamientos se ha expresado de variadas maneras: libros aprobados con la estampa oficial de un gobierno o grupo religioso, libros considerados ofensivos o controversiales, libros censurados porque atentan contra las buenas costumbres y el orden público (entiéndase, contra el partido político gobernante), y libros directa y abiertamente prohibidos, confiscados y quemados en nombre de algún ideal exclusivo de grupos particulares con el poder para hacer de las suyas.

Los libros malditos han existido desde que existe la escritura y seguirán existiendo por mucho tiempo más. Desde el faraón egipcio Akenatón, quien mandó a destruir textos sagrados referentes a los dioses anteriores a fin de establecer su nueva religión, hasta la quema de biblias y torás por parte del gobierno nazi en la segunda guerra mundial, o el índice de libros prohibidos por la iglesia católica que incluye todo texto de otras religiones y creencias, cada año se prohíben libros en casi todas partes del mundo.

En el extremo sur de América, durante la dictadura, era peligroso tener cualquier clase de libro, y la gente se reunía en fiestas privadas para leer y quemar los libros que tuvieran, no fuera que el gobierno les descubriera esos objetos prohibidos. Y aquí mismo, en mi natal Costa Rica, se prohibió hace muy pocos años en las escuelas leer Cocorí, una novela infantil de Joaquín Gutiérrez y muy querida por buena parte de la población, porque a una diputada se le ocurrió tildarlo de racista. ¿El motivo? Su personaje principal, un niño de raza negra, se enamora de una niña blanca y rubia (la moraleja: queda prohibido amar a gente distinta de nosotros).

Desde Harry Potter hasta Los Versos Satánicos y La Naranja Mecánica, la gente prohíbe y destruye libros todos los días, y algunos hasta lo hacen a la manera tradicional: congregando a sus camaradas en plazas públicas y haciendo arder los ofensivos tomos en una linda hoguera, justo como esta noche los ingleses encenderán fuegos por todo su país en recuerdo de aquél complot. Bien que mal, resulta todo un ambiente festivo para los niños.

¿Qué podemos hacer nosotros, los escritores y el público lector en general? Pues para empezar, tomemos consciencia y llamemos la atención sobre esto en nuestro círculo social. Leamos esos libros que otros han prohibido, para que las editoriales y librerías sigan produciéndolos y poniéndolos a disposición de la gente. Y escribamos. No importa si es un artículo de blog, un cuento, una novela, pero escribamos libremente y sin tapujos. ¿Y si nos llegan a prohibir nuestra obra? Pues sintámonos orgullosos de haber tocado una fibra sensible y de decirle al mundo “no nos callarán para siempre”.

¡Feliz escritura!

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