Archive for the 'Cultura' Category

12 de octubre, día de la lengua española

2012/10/13

La lengua no es la envoltura del pensamiento sino el pensamiento mismo.
-Miguel de Unamuno (1864-1936) Filósofo y escritor español.

Siempre lamento la desaparición de cualquier lengua, puesto que las lenguas son el pedigrí de las naciones.
-Samuel Johnson (1709-1784) Escritor inglés.

Se siente como una espina en la consciencia el hecho que el día de ‘nuestra’ lengua se celebre oficialmente en el aniversario del inicio de la destrucción de miles de lenguas indígenas. España celebra su conquista territorial e ideológica, comenzando por la última gran ciudad arrebatada a los moros: Castilla. Mientras tanto, en América la gente copia la celebración, sin recordar a las millones de víctimas del imperio donde nunca se ponía el sol.

“Día de la raza”, “encuentro de culturas”… no son más que eufemismos, nombres falaces que pretenden borrar los hechos.

¡Tan fácil que resulta para el vencedor escribir a su conveniencia los libros de historia! Tan fácil que resulta imponer a la fuerza un punto de vista, una forma de hacer las cosas, pasándole por encima a la memoria. Tan fácil que la gente olvida su pasado y se acoge a la nueva moda, la nueva lengua, la nueva ideología.

Pero, ¿de qué ha valido? Al español peninsular no le queda ya más que resignarse por la creciente transformación de aquella lengua de Cervantes, que a estas alturas ya ni en la propia España se escucha hablar. Se ha perdido para siempre, ante la creciente evolución y divergencia cultural de sus hablantes, tanto en Europa como en los demás continentes.

Las lenguas se transforman, cada pueblo se las apropia y las hace suyas, les imprime sus particulares matices, nuevos significados, sonidos cercanos a lo suyo. Cada variante trae consigo una visión de mundo.

Así, el español de México no es tan distinto del de Argentina, o el de Costa Rica y, sin embargo, cada cual es único, maravilloso. Nos entendemos, cumpliendo así el requisito básico de la comunicación, pero al mismo tiempo cada quien puede reconocer y reconocerse en la lengua materna, sea cual sea su origen específico.

Somos hispanohablantes, crisol genético y cultural, pero también somos americanos (o africanos, asiáticos, europeos); nuestra lengua nos enriquece pero no nos define.

Si se quiere conmemorar esa lengua de Castilla que ya tantos pueblos del mundo compartimos, tal vez la mejor fecha sea el natalicio de Cervantes, o el aniversario de la publicación del Quijote.

Hace rato acabó el tiempo de la colonia tangible, pero la colonia intangible, la cultural, la del pensamiento y visión de mundo, esa todavía nos aprisiona. Nuevas colonias pretenden imponerse, y las aceptamos ciegamente, contentos de poder tomar Cocacola e intercalar algunas palabras del inglés en nuestro vocabulario cotidiano.

Para los pueblos del nuevo mundo, el 12 de octubre es y será siempre el aniversario de una gran tragedia. No es una fecha digna de celebrarse. Conmemorar es más apropiado, es recordar juntos los errores del pasado para aprender de ellos y no repetirlos.

Recordemos pues, en esta fecha, todas las vidas, historias, culturas y lenguas destruidas. Recordemos quiénes somos, para que no nos vuelvan a cambiar oro y joyas por baratijas.

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Divertimento – La inspiración

2012/04/27

¿Qué es la inspiración, esa extraña ráfaga de aire fresco y chispas radiantes, tan ansiada por creadores o artistas y al mismo tiempo tan escasa? Sin ella nos cuesta mover los dedos aunque sea para presionar el botón de encendido en el televisor. Cuando está presente no importa si llueve o truena o si un tsunami se nos viene encima, el cuerpo y la mente responden como por posesión demoniaca ante el ineludible llamado creativo. Son momentos para tenerle cuidado al autor, y que nada ni nadie ose distraernos si no desea ser víctima de una ira volcánica y fulminante.

Inspirar es abrir los pulmones y llenarlos de aire. Es abrir el pecho y llenarlo de emoción. Es abrir la mente, y llenarla de ideas. Abrir por fin el alma y llenarla de aliento vital y divino, ese espíritu generador que penetró en una estatuilla de barro y la hizo un hombre, un animal pensante, capaz de levantarse y andar y conocer y dar nombre a todos los seres y todas las cosas. Un creador a imagen de su Creador, libre para idear, pensar, descubrir, imaginar, soñar, diseñar, planear, estructurar, construir, y participar activamente en la obra de sí mismo.

Los mitos y las religiones dan todos cuenta del acto creativo original. Todos incluyen elementos básicos comunes, en donde un ser divino tomó algunos materiales como tierra y agua para hacer barro, fuego para cocinarlo y viento para hacerlo despertar; como madera del árbol sagrado tallada en forma humana y, nuevamente, imbuida con el espíritu vital. El papel de la divinidad como punto originador del cosmos le da un carácter divino a todo acto creativo, y en nuestra ingenuidad queremos adoptar esta aureola gloriosa, comparándonos y reconociéndonos como el único animal realmente capaz de crear por puro arte en lugar de ciego instinto.

No debe extrañar que, en las culturas antiguas, la creatividad y la creación artística en cualquier ámbito fueran vistas como algo sagrado, como un don o regalo celestial, una cualidad invisible que eleva al artista por encima de sus congéneres hasta el estado de semidiós incomprendido, las gentes comunes incapaces de otra cosa más que admiración profunda o terrible envidia. Aún hoy en día más de un creador, imaginándose coronado con laureles dorados, siente elevar su cuerpo por encima del mundanal ruido (y si para esto necesita que la hierba esté muy verde, o el líquido muy puro, ¿a quién le importa?).

La inspiración es así obra de las Musas, esas doncellas temperamentales y demasiado distraídas, que te visitan una semana, una noche, un segundo, para luego marcharse por temporadas enteras a sus blancas mansiones mediterráneas. O acaso sea Saga, señora de la historia de los reyes y proezas heroicas, que derramó unas gotas de su néctar cuando descuidadamente le susurraba a Odín, su amante, algún relato pícaro al oído. El propio Odín, y Bragui, de sus muchos hijos, difundieron prodigiosamente sus excesos para el beneficio de poetas y bardos por doquier. Fácil resulta entender por qué motivo el creador se vea en necesidad de alimentarse abundantemente con el producto de otros artistas, de otros elegidos: el hidromiel sagrado de la inspiración se encuentra ahí donde otros han bebido de él y se han extasiado en sus vapores.

La inspiración entonces no se relaciona en lo más mínimo con tener ideas (éstas un mero subproducto de aquélla). Las ideas, al igual que los burdos materiales del artista, sus brochas y pinturas, su pluma y pergamino, su mármol y cincel, son objetos definidos y susceptibles de cambio y transformación temporales. Una idea no basta para llevar a cabo la obra maestra. Se pueden tener todas las ideas del mundo, toda la técnica y las herramientas, que sin inspiración no valen nada; de igual modo que la inspiración, aún desprovista de trabajo duro, destreza e ingenio, es capaz de convertir en arte hasta el objeto más común y más vulgar, el más cotidiano. Esto lo dicen los creadores modernos, los semidioses, los genios; entonces no hay más remedio que aceptarlo como cierto.

¿Qué es la inspiración, a fin de cuentas? Si lo sabes, ¡no me digas! No quiero que me arruines el misterio.

 

¡Feliz escritura!

 

Asistir a festivales

2012/04/18

En estos días se celebra en mi país la XI edición del Festival Internacional de Poesía de Costa Rica, organizado por la Fundación Casa de Poesía.

Es un evento modesto si lo comparamos con otras actividades internacionales, pero en el ámbito poético es tamaña cosa. Al público en general le da la oportunidad de conocer poetas de todo el mundo (este año incluye invitados de Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Túnez, Gambia, India, Jordania, Japón, Chile, España, Guatemala, México, Nicaragua y por supuesto, Costa Rica).

Además, una característica del festival es la de publicar un pequeño poemario de cada invitado, traducido al castellano si la lengua original fuera otra, de modo que se abre la posibilidad de entrar en contacto más profundo con obras de otra manera imposibles de conseguir en estas geografías.

Anoche pude disfrutar de una presentación de casi todos los poetas invitados, en compañía de mi pareja y rodeados de un escuálido público. Fue una oportunidad estupenda para conocer no solo la poesía misma, sino a sus autores, sus lenguas tan distintas, las ideologías, puntos de vista, en fin, la pluralidad de esta forma artística tan poco apreciada en nuestros tiempos.

También me permitió comparar todo lo que se pierde en la traducción. Por poner un ejemplo, cuando aquí el poeta Adam Fathi entonaba con su melodioso acento tunecino, gesticulando como un abuelo que le cuenta un cuento a sus nietos, expresando emociones profundas y sin exageración en esa lengua árabe tan aérea y distante, tan viva, allá un lector recitaba luego el mismo poema, traducido a nuestra lengua, despojado de insinuaciones y matices vibrantes, reducido a palabras secas. Y aun así el poema no murió; mi recuerdo del poeta contador de historias fue más poderoso, y podré retenerlo, revivirlo cuando relea esos versos en el pequeño ejemplar adquirido a la salida del teatro.

Pero la experiencia no termina ahí.

Luego de eventos como este muchas veces es posible compartir con los propios invitados, conversar unos minutos, y hasta intercambiar información de contacto si fuera del caso. Resultó evidente que la mayoría de los propios invitados, sino todos, hizo esto desde un principio, como también era obvio que se habían formado lazos de amistad perdurable más allá del festival.

Empaparse de nuevas voces resulta siempre como un bálsamo para la creatividad desgastada. Apenas tuve oportunidad comencé a escribir, y aunque no puedo presumir del resultado, al menos me siento lo suficientemente satisfecho de haber alimentado por un rato mi vena poética (y si uno es como yo, estos espacios son casi indispensables para mantener el vínculo).

Decía Ray Bradbury que el único motivo por el cual se puede agotar la creatividad es por desnutrición, por falta de estímulo de otras lecturas, de música, de teatro, de ingenio. En este sentido concuerdo plenamente, pues el simple contacto con estos poetas me ha llenado un vacío que hasta entonces no había acertado a reconocer.

Si se encuentra en Costa Rica, o si en su propia región existe algún espacio similar, le aconsejo que no deje pasar la oportunidad de asistir.

 

¡Feliz escritura!

 

Reseña – La poética de Aristóteles

2012/04/12

Platón y Aristóteles, detalle de "La escuela de Atenas", por Raphael Sanzio

Todo autor de escritura creativa que se respete llega, tarde o temprano, a citar entre los fundamentos de la escritura occidental a la Poética (o arte de la composición dramática) del griego Aristóteles.

Algunos alaban la lucidez de esta obra escrita hace poco más de dos mil años; otros repudian su visión primitiva, seguros de que todo lo dicho ahí ya se encuentra superado con creces por los modernos teóricos. También están quienes pretenden citarlo y fundamentar con la autoridad del filósofo sus propios argumentos, aun cuando el griego no dijera nunca nada parecido. En fin, son muchos quienes citan, y pocos los que realmente han leído esta obra.

Digamos simplemente que Aristóteles fue un pensador muy reconocido en su tiempo, quien dedicó su vida al aprendizaje y la enseñanza, primero de mano de Platón y otros maestros de la Academia de Atenas, luego dando clases particulares a príncipes y gobernantes, como a Alejandro Magno, hasta fundar, finalmente, el Liceo de Atenas. Escribió gran cantidad de textos, algunos como discursos públicos (ahora casi todos perdidos), y otros cuantos como notas privadas de clase, que son precisamente de los pocos supervivientes hasta nuestros días.

En ese sentido, la Poética resulta con frecuencia obscura y difícil de interpretar, pues carece de muchas explicaciones dadas por el maestro verbalmente a sus alumnos, pero nunca registradas por escrito.

Existen muchas versiones de la Poética, pero la mejor en castellano es, hasta el momento, la del ilustre traductor (y filólogo) Valentín García Yebra. Recomiendo en particular la edición trilingüe Griego-Latín-Castellano publicada por Gredos en 1974, por contar con copiosas notas aclaratorias y una excelente introducción, además de interesantísimos apéndices con comentarios sobre temas específicos, como la catarsis o la tragedia; el fabuloso índice analítico que acompaña esta edición resulta, sencillamente, invaluable. Eso sí, es posible saltar directamente al texto propio y olvidarse de los añadidos académicos si se prefiere una lectura rápida.

La Poética es un tratado sobre el arte y técnica de la creación de obras “literarias”, tomando en cuenta, eso sí, que la mayoría estaban destinadas a su interpretación en un escenario, no para ser leídas de un pergamino. Dicen las primeras líneas:

“Hablemos de la poética en sí y de sus especies, de la potencia propia de cada una, y de cómo es preciso construir las fábulas (historias) si se quiere que la composición poética resulte bien, y asimismo del número y naturaleza de sus partes (…)”

Es en esta obra que se definen en términos generales los principales géneros dramáticos de la época, nos ofrece una teoría del origen de la poesía, y pasa luego a dedicarse por entero a la tragedia, dejando para otro volumen, lamentablemente perdido, lo referente al género cómico.

Buena parte de la teoría moderna de los elementos de la escritura creativa se basa de alguna forma en los escritos de Aristóteles. Conceptos como estructura, caracterización, lenguaje poético, exposición, etcétera se recogen originalmente en este texto para ser desarrollados luego por incontables autores a través de los siglos. En ese sentido, podemos considerar la Poética como el primer manual de escritura creativa en la historia.

Quienes nos interesamos por aprender sobre esto que llamamos escritura, en especial sobre la ficción, podemos hallar en Aristóteles un buen número de ideas fundamentales, incluyendo algunas que en la actualidad ya no se trabajan o han cambiado hasta volverse casi irreconocibles, como los conceptos de agnición, catarsis o melopeya, así como el origen de otros más conocidos, como trama, estructura, nudo y desenlace.

Aunque los escolásticos y otros pensadores de antaño llegaron a tomarse esta obra con tanta seriedad como para considerarla prescriptiva, es evidente que en la actualidad debemos cuidarnos de no seguir ciegamente sus recomendaciones. Son el producto de su época y cultura, pero pueden llegar a enseñarnos bastante acerca del origen de este arte.

No se deje abrumar por el lenguaje arcaico ni las diferentes traducciones e interpretaciones de algunos términos. Vale la pena leer y reflexionar cada una de sus líneas, tomando con ojo crítico aquello que pueda enriquecer ese saco de trucos que llamamos nuestro oficio.

¡Feliz escritura!

El texto, Roland Barthes

2012/03/29
Roland Barthes

Roland Barthes (Foto: Wikipedia)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En esta ocasión quisiera compartir un extracto de la obra del semiólogo francés Roland Barthes sobre teoría del texto, a modo de introducción al significado moderno de esta palabra:

“¿Qué es un texto, para la opinión general? Es la superficie fenoménica de la obra literaria: es el tejido de las palabras comprometidas en la obra y dispuestas de modo que impongan un sentido estable y a poder ser único. A pesar del carácter parcial y modesto de la noción (después de todo, no es más que un objeto, perceptible por el sentido visual), el texto participa de la gloria espiritual de la obra, de la que es el sirviente prosaico pero necesario. Ligado constitutivamente a la escritura (el texto es lo que está escrito), tal vez porque el dibujo mismo de las letras, aunque sea lineal, sugiere el habla y el entrelazamiento de un tejido (etimológicamente, “texto” quiere decir “tejido”), es, en la obra, lo que suscita la garantía de la cosa escrita, de la que reúne las funciones de salvaguarda: por una parte, la estabilidad y la permanencia de la inscripción, destinada a corregir la fragilidad y la imprecisión de la memoria; y, por otra, la legalidad de la letra, rastro irrecusable, indeleble, en nuestra opinión, del sentido que el autor de la obra ha depositado intencionalmente en ella; el texto es un arma contra el tiempo, el olvido y las pillerías del habla, que tan fácilmente se retracta, se altera o se desdice. Por lo tanto, la noción de texto está históricamente ligada a todo un mundo de instituciones: derecho, Iglesia, literatura, enseñanza; el texto es un objeto moral: es el escrito como participante del contrato social; somete, exige que lo observemos y lo respetemos, pero a cambio marca al lenguaje con un atributo inestimable (que no posee por esencia): la seguridad.”

Roland Barthes, extracto del artículo ‘Texto’ en Encyclopaedia Universalis, tomo XV, 1973. Recopilado en “Variaciones sobre la escritura“, Paidós; Barcelona, 2002. Selección y traducción de Enrique Folch González.

¡Feliz escritura!

¿Qué es el talento?

2011/12/06

Tetradracma griego. El talento era una unidad de peso para uso comercial; el concepto luego evolucionó para denotar la valía de una persona.

En un artículo anterior menciono la relación entre escritura, talento y esfuerzo personal.

El problema con algunas palabras es que la mayoría las utiliza sin conocer bien su significado, o si éstas poseen varios, suelen ocurrir confusiones entre la idea que intenta expresar uno y el mensaje que entiende otro.

Talento es una de ellas.

Cuando hablamos del talento, ya sea artístico en general o más específico, como el talento musical o el literario, ¿a qué exactamente nos estamos refiriendo? Se me ocurren algunas opciones:

Persona sobresaliente. La primera idea que me viene a la mente al escuchar esta palabra en su uso cotidiano es la de un prodigio, alguien famoso en virtud de su asombrosa capacidad artística. Beethoven, Picasso, Sor Juana Inés de la Cruz y un reducido número de ‘grandes nombres’ conforman los ejemplos típicos.

Inteligencia, astucia. Una segunda versión se refiere más específicamente a la capacidad intelectual que tienen algunos individuos para desempeñarse con gran eficacia en ciertas profesiones más mentales, como leyes, comercio, economía o historia.

Vocación, ambición. En tercera instancia pensamos en alguien cuyas inclinaciones y deseos personales le hacen sobresalir (¡nuevamente esta palabrita!) en un campo determinado, ya no solo el artístico sino virtualmente cualquier actividad humana. No es la capacidad o inteligencia lo que llaman la atención en este caso, sino la actitud de la persona hacia su actividad predilecta.

Aptitud o idoneidad. Esta última es la menos llamativa de todas. Se trata de tener una simple capacidad para realizar determinada labor o para desempeñarse en algún puesto. En este caso ya no vienen a la mente retratos de famosos, sino imágenes genéricas de hombres y mujeres competentes, uniformados según sus distintas profesiones así lo exijan, pero siempre cumpliendo sus labores a cabalidad y con pericia.

Ahora bien, todas estas ideas generales tienen dos cosas en común. La primera es bastante evidente: quien posee algún talento necesariamente llamará la atención respecto de otras personas, en el mismo campo, que no lo posean.

La segunda, menos obvia, es que en todos los casos cada individuo debió realizar alguna clase de esfuerzo repetido y constante a fin de convertir su aptitud, capacidad o vocación en algo útil. “A Dios rogando y con el mazo dando”, como dicen por ahí.

En otras palabras, lo que llamamos talento puede ser, sencillamente, el resultado del esfuerzo personal, y no algo innato.

Creo firmemente que todos poseemos alguna clase de talento. Nuestra labor consiste primero en descubrirlo y luego cultivarlo. Como digo en los comentarios al artículo antes mencionado, sin trabajo arduo el talento no brilla, igual que no reluce una joya que ho ha sido pulida.

¡Feliz escritura!

Guy Fawkes y los libros malditos

2011/11/05

“Recuerden, recuerden, el 5 de noviembre.

Conspiración, pólvora y traición.

No veo la demora y siempre es la hora

para evocarla sin dilación”.

–Rima tradicional inglesa

El día de hoy en Londres y buena parte del Reino Unido se conmemora la fecha en que, hace cuatrocientos años, un hombre intentó hacer estallar con pólvora el parlamento inglés. Más bien, la gente celebra que el atentado no tuvo éxito, pues el sujeto en cuestión fue descubierto y apresado antes de lograr su cometido. Guy Fawkes –Guido para los puristas– no era otro descontento cualquiera: era un católico resentido por los esfuerzos de la clase gobernante por suprimir su fe en ese territorio, un ex-soldado que luchó para el ejército español en los Países Bajos, defendiendo una cultura y una creencia.

Independientemente de si estamos de acuerdo o no con el extremo al que ese personaje histórico llegó para defender su libertad, hay lecciones valiosas que sacar de dicho evento. Lo importante de esta fecha, en mi humilde opinión de latinoamericano que no suele celebrar nacionalismos extranjeros ni luchas entre religiones, es precisamente el recuerdo de que la gente es capaz de hacer toda clase de barbaridades a fin de imponer un punto de vista. España, Francia, Estados Unidos y muchos otros países “de primer mundo” alcanzaron ese estatus a fuerza de violencia, esclavitud y explotación de pueblos militarmente más débiles, siempre blandiendo la excusa de llevar civilización, cultura, la fe verdadera o la gloriosa democracia a estas tristes y retrasadas naciones. ¿Con qué derecho? Pues porque está de moda creerse salvadores del mundo.

En otras palabras, si no piensas igual que yo entonces eres tonto y no vales nada, así que te pudrirás en el infierno o mejor aún, servirás para algo porque harás lo que yo digo y punto.

En el campo de la literatura, o más ampliamente, de los libros, el tema de la imposición de pensamientos se ha expresado de variadas maneras: libros aprobados con la estampa oficial de un gobierno o grupo religioso, libros considerados ofensivos o controversiales, libros censurados porque atentan contra las buenas costumbres y el orden público (entiéndase, contra el partido político gobernante), y libros directa y abiertamente prohibidos, confiscados y quemados en nombre de algún ideal exclusivo de grupos particulares con el poder para hacer de las suyas.

Los libros malditos han existido desde que existe la escritura y seguirán existiendo por mucho tiempo más. Desde el faraón egipcio Akenatón, quien mandó a destruir textos sagrados referentes a los dioses anteriores a fin de establecer su nueva religión, hasta la quema de biblias y torás por parte del gobierno nazi en la segunda guerra mundial, o el índice de libros prohibidos por la iglesia católica que incluye todo texto de otras religiones y creencias, cada año se prohíben libros en casi todas partes del mundo.

En el extremo sur de América, durante la dictadura, era peligroso tener cualquier clase de libro, y la gente se reunía en fiestas privadas para leer y quemar los libros que tuvieran, no fuera que el gobierno les descubriera esos objetos prohibidos. Y aquí mismo, en mi natal Costa Rica, se prohibió hace muy pocos años en las escuelas leer Cocorí, una novela infantil de Joaquín Gutiérrez y muy querida por buena parte de la población, porque a una diputada se le ocurrió tildarlo de racista. ¿El motivo? Su personaje principal, un niño de raza negra, se enamora de una niña blanca y rubia (la moraleja: queda prohibido amar a gente distinta de nosotros).

Desde Harry Potter hasta Los Versos Satánicos y La Naranja Mecánica, la gente prohíbe y destruye libros todos los días, y algunos hasta lo hacen a la manera tradicional: congregando a sus camaradas en plazas públicas y haciendo arder los ofensivos tomos en una linda hoguera, justo como esta noche los ingleses encenderán fuegos por todo su país en recuerdo de aquél complot. Bien que mal, resulta todo un ambiente festivo para los niños.

¿Qué podemos hacer nosotros, los escritores y el público lector en general? Pues para empezar, tomemos consciencia y llamemos la atención sobre esto en nuestro círculo social. Leamos esos libros que otros han prohibido, para que las editoriales y librerías sigan produciéndolos y poniéndolos a disposición de la gente. Y escribamos. No importa si es un artículo de blog, un cuento, una novela, pero escribamos libremente y sin tapujos. ¿Y si nos llegan a prohibir nuestra obra? Pues sintámonos orgullosos de haber tocado una fibra sensible y de decirle al mundo “no nos callarán para siempre”.

¡Feliz escritura!

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