Archive for septiembre, 2014

El personaje y la máscara

2014/09/10

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Todos sabemos quiénes son los personajes: son los hombres y mujeres, niños, ancianos, animales parlantes, entes sobrenaturales y toda una miríada de criaturas ficticias creadas para poblar una historia. Solemos reconocerlos por sus palabras, actos y pensamientos, especialmente cuando su presencia modifica de alguna forma el relato. Pero esto no es todo, ni toda persona en una historia es necesariamente un personaje. Veamos por qué.

La palabra “personaje” viene de castellano “persona”, se rastrea al latín “persona” (ser humano) y antes aún a “per sonare”, es decir, “para hacer sonar”.

El término proviene de las máscaras utilizadas en el antiguo teatro griego, donde un mismo actor podía rápidamente cambiar de una máscara a otra y así representar a alguien distinto. Estas máscaras tenían una expresión facial fija, por lo general muy exagerada, que ayudaba al público a reconocer rápidamente a quién se estaba interpretando. Pero la otra característica de la máscara teatral era un pequeño dispositivo insertado en la boca, en forma de cono con la parte ancha hacia afuera, que amplificaba la voz del actor a fin de que sus palabras pudieran escucharse mejor entre la audiencia. Era la versión primitiva del megáfono y del micrófono.

A un nivel semiótico, es la máscara la que hace al personaje, y sin ella no queda más que el actor o, en nuestro caso, el escritor.

Pero el personaje no es su “rostro”. Al escribir a nuestros personajes no debemos utilizar demasiado la descripción visual. Hacerlo se considera error de aficionados, en especial porque imponerle muchos detalles al lector le quita la posibilidad de ejercitar su propia imaginación. En medios como el cine y el cómic sí debe mostrarse en toda su apariencia externa, pero en un escrito la apariencia dice muy poco y distrae de lo verdaderamente importante.

Más que su rostro o sus ropas, un personaje literario es su voz, sus palabras, sus actos, gestos, actitudes y pensamientos. El color del pelo, la forma del rostro, el color de la corbata o si el bolso le combinaba o no con los zapatos son detalles superfluos que rara vez contribuyen a la historia. En cambio, sin una voz distintiva, sin un lenguaje característico, sin actos claros y congruentes con sus pensamientos y sentimientos, en lugar de un personaje vivo y verosímil tendremos una caricatura plana y de cartón.

Para que el personaje sea eficaz tenemos que ser capaces de olvidarnos que es un personaje, es decir, tenemos que creernos la máscara.

Muchos autores, en especial quienes tienen la tendencia a dar cátedra o hacer propaganda ideológica, terminan creando historias en que todos los personajes no son más que disfraces delgados y translúcidos. En esos casos es posible en todo momento notar la presencia del autor, y los personajes resultan inverosímiles porque no poseen vida, palabras o pensamientos propios.

Ahora bien, no todas las personas o criaturas que aparecen en una historia son realmente personajes.

En “El mago de Oz” de L. F. Baum, Dorothy es transportada por un tornado hasta el fantástico paíz de Oz, específicamente en la tierra de los Munchkins, unas personas de muy baja estatura que se encuentran de muy buen humor porque la casa de Dorothy ha caido sobre la malvada bruja del este, matándola al instante y liberando a los pobladores de su tenebrosa influencia. Ahí intercambia algunas palabras con el hada Glinda y algunos de los habitantes, antes de iniciar su viaje por el camino de ladrillos amarillos, en busca del mago que le ayudará a retornar a su casa.

Lo que interesa resaltar aquí es que, aunque en dicho capítulo de la novela aparecen o se mencionan a muchísimas personas, casi ninguno de ellos es un personaje. Dorothy, el hada Glinda y el alcalde de la ciudad de los munchkins son los únicos personajes reales: poseen voz, piensan, figuran de forma prominente, y sobre todo, tienen una influencia directa en la historia. Las demás personas solo son relleno, inclusive la bruja. De ella solamente se nos dice que era muy malvada y que ahora está muerta bajo la casa. Claro, su muerte motiva a la malvada bruja del oeste, su hermana, a querer vengarse de Dorothy. Pero la bruja muerta no participa en la historia, no habla, no hace nada. Es una simple pieza de utilería.

La mayoría de personajes poseen nombre propio o cuando menos algún título o epíteto que los destaque y diferencie de la ambientación. Para ser un verdadero personaje es necesario tener voz y opinión, distinguirse del escenario, y sobre todo que sus actos y palabras tengan alguna influencia en el curso de la historia. Por así decirlo, es lo que distingue a los actores de los extras o a los cantantes solistas de los miembros del coro.

Como escritores de ficción es nuestro deber escondernos detrás de las máscaras que son cada uno de nuestros personajes. Somos nosotros quienes pronunciamos cada palabra y llevamos a cabo dada acción de todos los pobladores de nuestro universo ficcional. El que logremos hacerlo hasta el punto en que nuestra presencia sea completamente imperceptible es la marca del verdadero experto.

¡Feliz escritura!

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Trama, Argumento y Estructura

2014/09/01

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Existe cierta confusión de significado y alcance entre estos tres conceptos. La diferencia suele aparecer difusa, al punto en que muchas personas los utilizan indistintamente. Por ello veamos cada uno, según el resultado de muchos desvelos intentando armar las piezas bajo la guía de diccionarios, manuales de escritura creativa y mi propia ingenuidad.

Trama

La trama es el conjunto básico de elementos sobre los que se construye una historia y la relación que estos elementos guardan entre sí. Dichos elementos básicos son: personajes, acciones, motivaciones, ambientación y eventos. Otra forma de verla es como la respuesta a las interrogantes: ¿quién?, ¿qué? ¿por qué?, ¿dónde?, ¿cuándo? y ¿cómo? Podemos considerarla como la síntesis mínima de una obra escrita, aquello de lo que se trata la historia.

El elemento clave de la trama es la relación de causa y efecto combinada con la motivación o móvil de los personajes para tomar un curso de acción determinado. En ese sentido, sería la respuesta a la pregunta “¿por qué?”. En otras palabras, no es lo mismo una sucesión de eventos que una relación entre estos eventos, y en esto se diferencia del argumento y la sinopsis.

Por poner un ejemplo, La cenicienta podría expresarse así: “Una bella jóven tiene una vida miserable, pero se mantiene pura y buena. Un día su hada madrina la premia con la oportunidad de ir a un baile en el palacio real. Ahí conoce a un apuesto príncipe que se enamora de ella tanto por su belleza como por su virtud. Aunque a la media noche desaparece el encantamiento del hada, el príncipe la busca y encuentra, se casan y viven felices para siempre”. Lo esencial no es la simple enumeración de eventos, sino la relación entre ellos. ¿Por qué el príncipe se enamora de ella? Porque es virtuosa, a diferencia de sus malvadas hermanastras que también son bellas, pero además son superficiales y vanidosas. Sin esa relación no sería más que un listado de eventos. Con ella las distintas piezas se hilan en un todo coherente, en una historia.

La palabra trama es una metáfora tomada de la industria textil; es el conjunto de hilos paralelos que se entretejen con la urdimbre para hacer la tela. Podemos hablar de cada uno de los elementos anteriores como los hilos individuales de la trama, que el escritor entreteje en un órden particular y donde se evidencia la relación entre ellos para darles coherencia y dirección.

No todas las hitorias poseen trama.

 

Argumento

El argumento es un resumen de los eventos principales en una obra. La palabra clave aquí es resumen, ya que es literalmente una síntesis de los contenidos de un libro y hace tiempo solía aparecer al principio de estos, o de cada capítulo. Tal es el caso de la novela La ladrona de libros, en la cual cada sección abre con un breve listado de los puntos principales que se van a tratar en ella además del título propiamente dicho.

Toda obra escrita necesariamente es susceptible de tener un argumento (basta con que alguien enumere los principales puntos en ella), pero no todas poseen una trama completa o articulada. Más aun, los textos académicos y de no-ficción en general del todo no poseen trama, mientras que sí suelen contar con una argumentación clara y una estructura bien definida.

Un argumento puede llegar a ser terriblemente minimalista, hasta el punto de no decirnos prácticamente nada sobre la propia obra: “Ana Frank era una niña judía que escribió un diario sobre su vida durante la persecusión en la Alemania nazi.” ¿Qué vivió en esos años? ¿Cuáles fueron sus experiencias? El argumento puede quedarse muy corto, y por lo general es mejor que así sea, pues de lo contrario podría arruinarnos sorpresas clave de la historia. Es casi idéntico a la sinopsis que se hace de las películas, con la excepción de que esta última se realiza específicamente con fines publicitarios y nunca cuenta el final.

Esto nos lleva a otra diferencia con la trama: el argumento está hecho para ser leído antes que la obra, mientras que la trama es más bien una ayuda para el autor a la hora de escribir.

 

Estructura 

Es la distribución básica de los elementos de la narración propiamente. En este sentido se diferencia de la trama en que no es lo mismo lo que está detrás de la historia que la forma en que se presentan los elementos al lector. Por ejemplo, la trama suele ser lineal, a tener un orden lógico, cronológico, por importancia, etc., mientras que la estructura no necesariamente va a serlo, y puede presentar los eventos en un orden distinto de como ocurrieron, como en la película Memento, en que los eventos se cuentan al revés de como ocurrieron.

La estructura, sin embargo, abarca mucho más. La cantidad y tamaño de los capítulos, si tendrá secciones amplias, la proporción de exposición, acción y diálogos, y otro buen número de características relativas a la forma exterior pueden considerarse como partes estructurales.

En la tradición occidental, desde Aristóteles hasta la actualidad, la estructura mínima de un texto siempre tendrá tres partes básicas: planteamiento, desarrollo y resolución. Suelen estar acompañados de otras piezas más pequeñas pero no menos importantes, como son los nudos y el clímax. Algunas personas consideran que una historia que no siga estas pautas básicas es una historia sin trama, y quienes reniegan del ‘formulismo’ suelen intentar este tipo de obras.

La palabra nos viene del contexto arquitectónico y designa dos ideas generales. Primero, es la distribución de los elementos del edificio: el orden, el tamaño, la ubicación y su relación entre unos y otros. Segundo, la armazón sólida que sirve de sustento a dicho edificio.

En términos generales, podemos decir que la trama y la estructura se combinan para servir de marco dentro del cual habrá de tejerse la redacción propia de la obra, como los hilos de colores en un gobelino se tejen sobre una tela base que, al final, quedará totalmente oculta, pero sin la cual la pieza se desmoronaría. El argumento es, por otro lado, más utilitario: informa al lector sobre el contenido y le invita a seguir leyendo.

¡Feliz escritura!

 

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