El escritor no nace, se hace

2011/11/23

Existe la opinión generalizada según la cual escribir es algo que ya se trae, algo innato. Según esta visión de mundo, los talentos y capacidades son producto de la suerte, del destino, de los genes. Si alguien es muy hábil (o por el contrario, posee alguna debilidad particular) esto se debe a factores enteramente fuera de su control. Pero esta visión fatalista no es más que una muleta, una excusa para no atreverse, para no sentirse culpable si se llega a fracasar en la obtención de una meta.

Muchos aspirantes a escritores han aceptado consciente o inconscientemente esta idea dañina y, como resultado, algunos iniciales intentos fallidos o de relativamente baja calidad bastaron para desmotivarlos. Son comunes frases como “yo no sirvo para esto” o “no tengo talento”. El problema se agrava cuando un escritor novato compara sus primeros trabajos con los de algún profesional o, peor, con los de alguno de los grandes nombres de la literatura universal. Recuerdo perfectamente lidiar con ese mismo problema hace años, cuando intenté comparar mis incipientes poemas con algunos de Neruda y Darío. Tal fue mi desilusión que preferí hacer el intento con narrativa antes de seguir “perdiendo el tiempo”. No abandoné completamente la escritura, pero estuve muy cerca.

Este descontento inicial con mis propios trabajos no fue totalmente inútil: luego de algunos años me permitió entender que es necesario reconocer nuestras limitaciones, no para darse por vencido sino para buscar la forma de superarlas. Para ese momento ya había abandonado mis aspiraciones literarias y me encontraba estudiando inglés como segunda lengua a fin de dedicarme a una profesión “de verdad”. Pero fue precisamente en el aula, analizando obras clásicas tanto de poesía como de cuento y novela, que recuperé el gusto por la escritura. En los cursos de redacción española primero, e inglesa después, tuve contacto con manuales diseñados para aprender las bases de la escritura académica (el ensayo en diversos formatos), y esto me abrió los ojos: la gente sí puede aprender a escribir, aun cuando a la mayoría nos cueste en un principio.

La idea subyacente es más o menos simple: la escritura es una destreza como hablar o caminar y al principio no podemos hacerlo bien, sino que nos vemos forzados a arrastrarnos o balbucear incoherencias. ¿Cómo pasamos desde ese punto al de ser capaces de redactar y escribir con corrección y calidad? Muy sencillo: práctica, práctica y más práctica. A fuerza de tanto arrastrarnos aprendemos a gatear, a agarrarnos de algo y ponernos en pie; damos pasos tambaleantes, nos caemos, puede que a ratos nos gane la frustración, pero tarde o temprano logramos sostenernos y dar varios pasos. Sin darnos cuenta hemos aprendido a caminar, correr, saltar, dar vueltas de carreta, y algunos hasta lo convierten en su profesión como atletas de tiempo completo. ¡En el campo de las letras ocurre lo mismo!

Claro, las caídas y los tumbos de ciego son parte del proceso; lo importante es no darse por vencido. Recordemos que, sin excepción, los grandes escritores también aprendieron a leer y escribir una palabra a la vez. La diferencia con otras personas estuvo, en gran medida, en la motivación para seguir haciéndolo más allá de los requisitos escolares. Es decir, lo hicieron por gusto hasta que ambos, lectura y escritura, se convirtieron en parte de su identidad. No se dejaron vencer por las dificultades y las tempranas decepciones, porque estaban convencidos de su capacidad para decir algo valioso a través de sus palabras.

Eso sí, existen algunos atajos y herramientas para hacernos la vida más fácil en este proceso constante de aprendizaje. Como nadie aquí pretende inventar el agua tibia, siempre es útil y provechoso buscar a alguien más adelantado en este camino y pedirle ayuda. Antes mencionaba los manuales de redacción académica, pero además de esos también hay publicaciones específicas para escritores como libros y revistas sobre escritura creativa, además de talleres, cursos y en algunos países hasta carreras universitarias completas. Literalmente, miles de personas en todo el mundo han convertido su pasión por la escritura en una profesión real y bien remunerada gracias a que tuvieron el empeño para seguir intentándolo y las herramientas para refinar sus destrezas.

Busquemos en lo profundo de nuestra psique y desterremos esas ideas negativas sobre la escritura, incluyendo cualquier origen divino o sobrenatural de las capacidades y talentos. Recordemos que nuestra escritura de hoy, con todas sus imperfecciones y fallos, es la base sólida para trabajos futuros, y démonos permiso para cometer errores, pero sin olvidarnos de buscar siempre maneras de corregirlos. Convenzámonos pues, con la práctica diaria, de que el escritor no nace, se hace.

¡Feliz escritura!

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4 comentarios to “El escritor no nace, se hace”

  1. Gustavo Quesada Says:

    Verdad a medias, 1. no se valida una tesis descalificando cualquier otra posición de pensamiento diferente a la personal. 2. Se parte de que el aprendizaje es el centro para formar un escritor, cuando el principal ingrediente es la sensibilidad natural y habilidades particulares de cada ser humano. El artista primero nace y después se hace.
    No cualquiera puede llegar a ser Neruda. Bajo el enunciado que se propone cualquiera con la debida instrucción podría llegar a ser un grande de las letras.


    • Gracias por el comentario, Gustavo. No pretendo ser gurú de nadie ni poseer la verdad absoluta. Además, este es un blog personal, no un proyecto académico, por lo que todo el contenido de cada entrada es resultado de mis propias reflexiones y opinión, pero sobre todo, de mi experiencia cotidiana.
      Al igual que yo (aunque a la inversa), tú mismo dices categóricamente que para formar un escritor “el principal ingrediente es la sensibilidad natural y habilidades particulares de cada ser humano”, con lo que das a entender hasta cierto punto que solo unos pocos elegidos pueden llegar a ser buenos escritores. Lo único que comparto de tu comentario es “de CADA ser humano”, es decir, en mi experiencia, todas las personas tienen un mínimo de sensibilidad, destreza y talento para cualquier área del quehacer humano, incluidos el arte y la literatura. Pero esas características ‘naturales’ no sirven de nada si no se las desarrolla.
      Arriba menciono que hasta los más grandes escritores tuvieron que aprender a leer y escribir desde cero, igual que todos nosotros. Tal mención no es gratuita. Opino que la diferencia la hacen factores como la motivación personal (ambición, vocación) y el grado de estímulo y práctica al que nos sometamos para poder desarrollarnos en cada área. Creo firmemente que la sensibilidad puede cultivarse, el talento desarrollarse, e igualmente ser fomentada cualquier capacidad natural, por más pequeña que esta haya sido cuando nacimos. Albert Einstein era pésimo para las matemáticas de pequeño, y eso no le impidió llegar a ser quien fue. Tengo un amigo daltónico que es un exelente pintor, y un hermano músico que, aunque considero muy talentoso, nunca deja de practicar al menos ocho horas diarias. Te apuesto que el propio Neruda leía mucho y rumiaba muchos borradores de sus poemas antes de darse por satisfecho con una versión final.
      Sin trabajo arduo el talento no brilla, igual que no reluce una joya que ho ha sido pulida. Eso te lo confirmará cualquiera que halla logrado algo importante alguna vez, te lo aseguro.

    • Jacqueline Murillo Says:

      Soy una de esas escritoras de quienes siempre se escucha el famoso cuento de “es que es algo que trae”, “nace con eso”. Tras mis propias investigaciones en el tema, académicas inclusive, soy de quienes defienden que aún cuando exista alguna predisposición particular, el entorno, la formación y los procesos de enseñanza-aprendizaje son esenciales en la formación de esto que llamamos escritura creativa, ya sea amateur o profesional. Desde la antigüedad, se conocen casos como la escuela homérica (hoy pocos defienden que en realidad haya existido un único individuo llamado Homero), y el oficio de poeta, cantor, aeda, bardo, juglar o como quiera que la cultura lo denominase no se adquiría espontáneamente. Era el resultado de muchos años de formación (décadas, de hecho), desde la infancia temprana y bajo la guía de especialistas en el ramo (y en cada una de sus especialidades). Las investigaciones de Havelock sobre la muy compleja y formulaica rima homérica son excelente evidencia del tema.
      La sociedad estadounidense tiene una tradición de aproximadamente un siglo de haber profesionalizado la escritura, desde los iniciales cursos formativos hasta las actuales carreras universitarias en escritura creativa.
      La expresión a través de la palabra, ya sea de forma oral o escrita, es una competencia (o un conjunto de competencias) y, como tal puede ser entrenada, adquirida, perfeccionada, mejorada y aprendida. Conozco jóvenes “talentosos y sensibles” cuyo talento es insuficiente para llevar a buen término un proyecto de escritura. La constancia, la revisión, la reescritura, el análisis y la humildad para aceptar la crítica constructiva hacen más por una publicación que la sensibilidad pura, sin pulir.
      En ese sentido, para una interesante contraposición de la escritura “por entretenimiento” o como un oficio serio y con una técnica propia (el “arte” en su sentido etimológico), recomiendo la lectura de William Zinsser, cuyo modesto manualito de redacción ha sido uno de los mejor vendidos en el siglo anterior (en inglés, claro está) y todavía sorprende por su lucidez.


      • Muchas gracias por el comentario (y las interesantísimas referencias). En pasadas experiencias con talleres de escritura de los cuales fui miembro, era muy común escuchar a algunos compañeros, especialmente los que se daban más aires de genios, hablar sobre el talento y la sensibilidad como si se tratara de algo único y exclusivo de los grandes artistas (ellos mismos incluidos, por supuesto). Pero jamás ninguno pudo darme ejemplos de alguien que tuviera mucho talento pero no hubiera trabajado nada para desarrollarlo. Por ello creo que el famoso talento no es más que el efecto y no la causa detrás de los grandes artistas y escritores. Como dices, eso de que “ya lo trae” me suena más a estímulo temprano y un entorno adecuado en la infancia.


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