Archive for noviembre, 2011

El escritor no nace, se hace

2011/11/23

Existe la opinión generalizada según la cual escribir es algo que ya se trae, algo innato. Según esta visión de mundo, los talentos y capacidades son producto de la suerte, del destino, de los genes. Si alguien es muy hábil (o por el contrario, posee alguna debilidad particular) esto se debe a factores enteramente fuera de su control. Pero esta visión fatalista no es más que una muleta, una excusa para no atreverse, para no sentirse culpable si se llega a fracasar en la obtención de una meta.

Muchos aspirantes a escritores han aceptado consciente o inconscientemente esta idea dañina y, como resultado, algunos iniciales intentos fallidos o de relativamente baja calidad bastaron para desmotivarlos. Son comunes frases como “yo no sirvo para esto” o “no tengo talento”. El problema se agrava cuando un escritor novato compara sus primeros trabajos con los de algún profesional o, peor, con los de alguno de los grandes nombres de la literatura universal. Recuerdo perfectamente lidiar con ese mismo problema hace años, cuando intenté comparar mis incipientes poemas con algunos de Neruda y Darío. Tal fue mi desilusión que preferí hacer el intento con narrativa antes de seguir “perdiendo el tiempo”. No abandoné completamente la escritura, pero estuve muy cerca.

Este descontento inicial con mis propios trabajos no fue totalmente inútil: luego de algunos años me permitió entender que es necesario reconocer nuestras limitaciones, no para darse por vencido sino para buscar la forma de superarlas. Para ese momento ya había abandonado mis aspiraciones literarias y me encontraba estudiando inglés como segunda lengua a fin de dedicarme a una profesión “de verdad”. Pero fue precisamente en el aula, analizando obras clásicas tanto de poesía como de cuento y novela, que recuperé el gusto por la escritura. En los cursos de redacción española primero, e inglesa después, tuve contacto con manuales diseñados para aprender las bases de la escritura académica (el ensayo en diversos formatos), y esto me abrió los ojos: la gente sí puede aprender a escribir, aun cuando a la mayoría nos cueste en un principio.

La idea subyacente es más o menos simple: la escritura es una destreza como hablar o caminar y al principio no podemos hacerlo bien, sino que nos vemos forzados a arrastrarnos o balbucear incoherencias. ¿Cómo pasamos desde ese punto al de ser capaces de redactar y escribir con corrección y calidad? Muy sencillo: práctica, práctica y más práctica. A fuerza de tanto arrastrarnos aprendemos a gatear, a agarrarnos de algo y ponernos en pie; damos pasos tambaleantes, nos caemos, puede que a ratos nos gane la frustración, pero tarde o temprano logramos sostenernos y dar varios pasos. Sin darnos cuenta hemos aprendido a caminar, correr, saltar, dar vueltas de carreta, y algunos hasta lo convierten en su profesión como atletas de tiempo completo. ¡En el campo de las letras ocurre lo mismo!

Claro, las caídas y los tumbos de ciego son parte del proceso; lo importante es no darse por vencido. Recordemos que, sin excepción, los grandes escritores también aprendieron a leer y escribir una palabra a la vez. La diferencia con otras personas estuvo, en gran medida, en la motivación para seguir haciéndolo más allá de los requisitos escolares. Es decir, lo hicieron por gusto hasta que ambos, lectura y escritura, se convirtieron en parte de su identidad. No se dejaron vencer por las dificultades y las tempranas decepciones, porque estaban convencidos de su capacidad para decir algo valioso a través de sus palabras.

Eso sí, existen algunos atajos y herramientas para hacernos la vida más fácil en este proceso constante de aprendizaje. Como nadie aquí pretende inventar el agua tibia, siempre es útil y provechoso buscar a alguien más adelantado en este camino y pedirle ayuda. Antes mencionaba los manuales de redacción académica, pero además de esos también hay publicaciones específicas para escritores como libros y revistas sobre escritura creativa, además de talleres, cursos y en algunos países hasta carreras universitarias completas. Literalmente, miles de personas en todo el mundo han convertido su pasión por la escritura en una profesión real y bien remunerada gracias a que tuvieron el empeño para seguir intentándolo y las herramientas para refinar sus destrezas.

Busquemos en lo profundo de nuestra psique y desterremos esas ideas negativas sobre la escritura, incluyendo cualquier origen divino o sobrenatural de las capacidades y talentos. Recordemos que nuestra escritura de hoy, con todas sus imperfecciones y fallos, es la base sólida para trabajos futuros, y démonos permiso para cometer errores, pero sin olvidarnos de buscar siempre maneras de corregirlos. Convenzámonos pues, con la práctica diaria, de que el escritor no nace, se hace.

¡Feliz escritura!

Herramientas: Mapas de Google

2011/11/17

El Támesis y la torre de Londres, Google Maps

La descripción vívida de la ambientación es, por lo general, indispensable en la escritura de narrativa tanto como en cierta clase de ensayo o las memorias. El objetivo es transportar al lector hasta un punto concreto en el espacio, y que resulte tan real que por un rato se olvide de estar leyendo. Esta inmersión total en la historia solo es posible con una buena ambientación, y para lograrlo debemos mantener siempre la ilusión de realidad que solo el conocimiento detallado del sitio puede darnos. Pero no siempre tenemos la posibilidad de visitar personalmente el lugar donde ocurren los eventos de nuestra trama, ya sea por la distancia o por otros factores. Ahí es cuando herramientas como los mapas de Google pueden resultar de gran utilidad.

La mayoría de aparatos con un navegador de Internet pueden aprovechar estos mapas. Ya sea que los busquemos desde una PC de escritorio, una Macbook, un smartphone, iPad y otras tabletas, o hasta en sistemas Linux; el acceso a la WWW es nuestro principal requisito. Podemos visitar directamente la página oficial en español, http://maps.google.es/ para acceder a las funciones de localización, topografía, fotos de satélite, coordenadas globales, y hasta indicaciones sobre cómo llegar desde un punto a otro en el mapa. Los aparatos móviles tienen además la posibilidad de instalar una buena variedad de aplicaciones gratuitas o de pago con algunas de las funciones de Google, o inclusive más (en algunas aplicaciones se puede guardar el mapa para consultarlo aún sin conexión a la red). Eso sí, algunas de las funciones, como la vista de satélite o las fotografías, no están disponibles siempre, sobre todo si se conecta desde un aparato móvil.

Sea cual sea el medio para acceder a los mapas, estas son algunos de los usos prácticos que podemos darles:

Para recorrer lugares que nunca hemos visitado. Supongamos por un momento que deseamos ambientar nuestro relato en algún sitio lejano y relativamente exótico, como Edimburgo en Escocia, o Chennai en India. ¿Cómo son las calles? ¿Cuáles edificios importantes o puntos de referencia puedo encontrarme? ¿Cómo es el terreno? ¿Cuántos parques o plazas hay? Estas preguntas y muchas otras las podremos contestar con tan solo localizar el sitio en el buscador integrado y observar detenidamente el mapa. Podemos elegir entre solo ver las calles y edificios, solo la vista de satélite, o una combinación de ambos (¡mi preferida!).

Para recordar lugares en los que ya estuvimos. Esto es particularmente útil al escribir memorias, ensayos, o inclusive piezas históricas. Tal vez tenemos la idea de un relato situado en nuestro pueblo natal, pero no recordamos muchos de los detalles. O acaso deseamos escribir una reseña sobre un lugar turístico al que fuimos hace tiempo, como un hotel de montaña o una ciudad costera. El mapa no solo servirá para saber cómo se ve el sitio, también ayudará a refrescar nuestra memoria sobre las cosas vividas ahí cuando visitamos. Si tuviéramos fotografías o volantes del lugar, un exelente ejercicio es tratar de ubicar cada uno en el mapa, y tomar nota de los recuerdos que nos suciten.

Fotos de usuarios, Google Maps

Para obtener imágenes del lugar. Un mapa es muy práctico no sólo para averiguar algunos nombres locales, sino también cuando estamos buscando fotografías o imágenes. Esto podemos hacerlo directamente desde la página de mapas, o en Google imágenes y otros mecanismos de búsqueda, como Bing o Yahoo. Si va a buscarlas desde otro sitio, simplemente localice los nombres de calles, edificios o sitios de interés, escríbalos entre comillas en el espacio en blanco y pulse sobre el botón de ‘buscar’. Eso sí, tenga cuidado con las imágenes resultantes: la mayoría pueden no estar relacionadas en lo más mínimo con el lugar que busca. Es necesario ir una por una y leer la página de Internet original para saber si nos sirve. Y no olvide que estas imágenes por lo general están protegidas por derechos de autor. Consulte a su dueño si desea utilizarlas en algo distinto de simplemente recabar información.

Torre de Londres, Google Maps

Para analizar edificaciones. Ya se trate de un centro comercial, un autódromo, una catedral, la vista de satélite puede darnos un caudal de información sobre construcciones de todo tipo, como orientación de sus muros, fuentes de iluminación, principales vías de acceso, etcétera. Además, en Google Earth existe la función de vista en tres dimensiones, y aunque no está disponible para todo, sí al menos podemos utilizarla con edificios famosos, como la catedral de Chartres o la torre de Londres (además de incontables ciudades alrededor del mundo que ya cuentan con vista completa en 3D).

Si además de todas estas funciones ‘a distancia’ tenemos la posibilidad de visitar el sitio, podemos previamente imprimir el mapa con suficiente acercamiento como para poder marcar puntos específicos y hacer anotaciones. Supongamos que nuestra ubicación es un cementerio, y queremos averiguar cuáles son algunas de las tumbas de personajes famosos, o marcar las estatuas más interesantes. ¿No sería maravilloso tener una fotografía aérea del sitio para indicar exactamente dónde está cada cosa? Luego podemos utilizar nuestro mapa anotado para una descripción precisa en nuestra obra.

Esta herramienta no es indispensable. Si lo preferimos, podemos por ejemplo buscar un mapa impreso, una guía turística, algún libro sobre el lugar. Pero los mapas de Google tienen las ventajas de ser gratuitos, de fácil acceso, estar bastante al día, e incluir muchos más detalles de los que un mapa impreso permite. Espero le sea de gran utilidad en su proyecto.

¡Feliz escritura!

NaNoWriMo 2011, día 14

2011/11/14

Este mes por segunda vez participo en el más famoso reto anual de escritura creativa: el mes nacional de la escritura de novelas. Para todos aquellos escritores y escritoras que no han oído aun hablar de NaNoWriMo, o el national novel writing month, puedo decirles que se trata de una completa locura. Treinta días seguidos, desde el primero hasta el treinta de noviembre de cada año, en que participantes de todo el mundo se proponen el reto de escribir una novela completa de principio a fin. No se trata de una iniciativa gubernamental de fomento a la literatura, ni existe alguna clase de premio o incentivo más allá de la satisfacción de haberlo intentado y, para algunas personas, alcanzar la meta.

Eso sí, tiene sus reglas: el proyecto debe tener, al final, un mínimo de 50.000 palabras, no se puede escribir propiamente nada antes del primero de noviembre excepto puro planeamiento, y la obra debe poder catalogarse como novela, no ensayo, memoria ni cuento. Claro, tampoco es tan rígido el asunto: si uno ve que su plan de novela va para más de 50.000 palabras puede seguir escribiendo más allá de la fecha límite, siempre y cuando la cantidad mínima sí se alcance en el mes establecido; tampoco se pretende que resulte de todo esto una novela lista así no más para ser publicada, sino un primer borrador el cual tenemos toda libertad de revisar, corregir y modificar a gusto una vez transcurrido el plazo.

¿Es posible lograr semejante reto?
Pues sí, siempre y cuando se mantenga la meta diaria de al menos 1667 palabras. Son muchísimas las personas que alcanzan el objetivo cada año, y de estas una buena parte son estudiantes universitarios o trabajadores de tiempo completo. Es decir, no solo es posible, sino además, posible en los ratos libres del día sin necesidad de ocuparse de lleno en ello. Interesante, ¿no es verdad? Hay quienes alcanzan la meta el último día, pero también unos pocos ya para medio mes –y hasta antes– han llegado a la meta y siguen escribiendo. También están todos los fracasos: la falta de planeamiento, una idea demasiado general y dispersa, exceso de procrastinación e inconveninetes de toda clase confabulan para desmotivar a muchísimos participantes hasta hacerles claudicar.

Al principio mencioné que este es mi segundo intento. El año pasado se me ocurrió participar sólo para ver cómo me iba. De hecho, comencé varios días tarde, y me encontraba trabajando no solo tiempo completo, sino además haciendo extras en un lugar de difícil acceso. Además, tras unos pocos días de hacer el esfuerzo caí en cuenta de que en realidad no tenía un plan claro de la historia a contar, ni siquiera de los personajes. En fin, el asunto fue un completo desastre desde todo punto de vista.

Este año, ya con la experiencia anterior y además con el apoyo de mi pareja, una escritora más experimentada y disciplinada que yo quien también participa con su propia propuesta novelística, las cosas marchan muy distinto.

En primer lugar, nos propusimos la meta desde el año pasado, y por lo menos desde finales de setiembre y durante todo octubre dedicamos cada uno suficiente tiempo y esfuerzo para ir preparando el plan de obra. Probamos métodos distintos, y donde ella realizó un esquema puntual, con suficientes anotaciones y bastante espacio para la creatividad y la improvisación, yo me preocupé por realizar una propuesta muy detallada, con lujo de explicaciones, desglose escena por escena, y hasta fichas de ambientación y personajes. Ella está escribiendo una novela de ciencia ficción contemporánea, y yo, una de fantasía sobrenatural. Otro de los factores distintos de esta ocasión es este blog, recién nacido el primero de este mismo mes, por lo cual además de NaNo van estos artículos de vez en cuando; es decir, un reto adicional (reto que mi pareja, faltaba más decirlo, lleva ya dos años de estar sosteniendo con éxito).

¿El resultado? Hoy, 14 de noviembre, apenas voy llegando a las 16.000 palabras. El sitio oficial de NaNoWrimo provee a los participantes de una útil herramienta para llevar el control de lo escrito. Según ella, mi progreso actual me pone todavía por debajo de las 23.300 palabras que debería tener antes de esta media noche. Es decir, llevo un promedio de apenas 1.150 diarias (en algunos días no escribí ni jota, mientras que hoy llevo ya 3.000 palabras y contando); para alcanzar la meta dentro del plazo necesito un promedio de 2.000 palabras para cada uno de los días restantes. No será tarea fácil, pero tampoco imposible.

En estos 14 días he podido experimentar lo que nunca antes con un proyecto novelístico. Por primera vez he podido sentir lo que significa tener un plazo estricto para una obra de semejante tamaño (ni por asomo igual a los muchos ensayos de mis tiempos estudiantiles). También me doy cuenta del cansancio y estrés generados por la tarea diaria de escritura, en vez de la relajada satisfacción de unas pocas páginas escritas en toda la semana. Un estrés, por lo demás, bastante parecido al dolor muscular luego de una buena sesión de ejercicio: uno se siente exhausto, pero al mismo tiempo está la adrenalina y la alegría de otro día más superado con éxito. Lo mejor de todo es comprobar que, efectivamente, sí puedo lograrlo.

Todavía me falta mucho por avanzar, pero conforme pasan los días voy sintiendo la transformación interna, psicológica, resultado de tanto esfuerzo. ¿Llegaré a terminarlo a tiempo? Aun no lo sé. Les cuento el primero de diciembre.

Para escribir (bien) hay que leer

2011/11/09

“Si quieres escribir, primero debes leer. Solamente la asimilación de ideas [ajenas] puede ayudarnos a aprender cómo ir enfocándonos en las ideas propias.” –Allan Eckert*

Muy a menudo me encuentro con gente en foros para escritores que desean convertirse en la próxima Stephanie Meyer o J.K. Rowling, y prentenden hacerlo con su primer borrador de un fanfic mal regurgitado. De cuando en cuando, solo por ver cómo anda la cosa, les pregunto acerca de sus libros favoritos, y como era de esperar, esas autoras (o peor, solo una) son prácticamente lo único que han leído fuera de los libros obligatorios en el colegio o instituto.

Estimado lector, estimada lectora: pon mucha atención a las palabras de mister Eckert allí arriba y sigue el consejo. Más aun, visita una librería local y, alejándote de las secciones de los más vendidos así como de la ‘literatura juvenil’, busca un poco entre el estante de ‘clásicos literarios’ (ese que normalmente se encuentra en una esquina mal iluminada y poco accesible). No te limites a tu propia región: consigue obras de autores extranjeros, de culturas diferentes, aun si el único medio para leerles sea una traducción de oscura procedencia. Tampoco es recomendable quedarse en un solo tipo de obra, así que junto a las novelas de fantasía o romance que tanto te gustan, puedes añadir al carrito de compras algún ensayo, antología de cuentos o poemario. Conforme leas y te informes podrás irte haciendo un criterio sobre calidad y contenidos, pero eso tarda su tiempo.

También es útil recordar otro punto: cantidad no equivale a calidad. El público en general puede leer grandes cantidades de libros pero no por ello van a mejorar su redacción y desarrollo de ideas. ¡Leer así sin más no sirve! Hay que leer de manera crítica, haciendo un análisis cuidadoso de vocabulario, redacción, exposición y estructura discursiva. Si no entrenamos a la mente para percatarse de tales sutilezas, tampoco podremos hacer mucho para mejorar nuestra escritura, pues seremos incapaces de reconocer cuándo, cómo y por qué algún pasaje está bien logrado o, al contrario, no funciona en lo más mínimo.

Para poder escribir bien es necesario aprender de quienes ya han demostrado su destreza en el campo.

¡Feliz lectura!

____________________

*Através de @Quotes4Writers

Escritura libre: dígale adiós al bloqueo

2011/11/07

Toda persona que por algún motivo se vea en la necesidad de escribir, ya sea por razones académicas, laborales o de otro tipo, llega tarde o temprano a sentirse falta de inspiración. Este famoso ‘bloqueo del escritor’ puede darse por muchos motivos, uno de ellos el simple hecho de tener al frente una página (o pantalla) en blanco. Para romper ese punto muerto existen muchas estrategias, y una de ellas es bastante simple: escribir. Escribir sin pensar, sin juzgar, sin planear, sin darle tiempo al inconsciente de hacernos una zancadilla.

No se trata de hacer escritura ‘automática’, sino de más bien desconectar todos los mecanismos de autocrítica. Escriba lo primero que se le ocurra, sin importar lo ridículo, descabellado, incoherente o incendiario que pueda parecerle al principio. Su escritura inicial no será la misma que llegue a ver la luz más adelante, sino una forma de decirle al inconsciente “¡ponte ya a trabajar!” Siempre habrá tiempo luego para organizar las ideas; eliminar palabras, frases, párrafos; añadir argumentos y ejemplos faltantes; pulir un diálogo. Pero eso sí, nada de eso podrá hacerlo mientras no tenga algo ya escrito para trabajar.

¿Qué pasa si no tiene un tema para escribir? Este ejercicio es más fácil si ya tiene una idea general de aquello que desea explorar. Pero si no la tiene, simplemente no se preocupe y escriba lo primero que se le venga a la cabeza, sin importar si se trata de una lista de compras, alguna tarea pendiente, su programa favorito de televisión… Lo importante es ejercitar el músculo creativo. Una vez rompa el bloqueo psicológico y empiece a escribir, existen buenas posibilidades de encontrar un tema sobre la marcha, pero lo primero es echarse a andar.

¿Qué pasa si se queda atascado? La idea es escribir sin parar, sin detenerse a pensar mucho, sin juzgar. Nos quedamos atascados cuando tratamos de escribir algo específico –con buena ortografía, puntuación y gramática– que alguien pueda leer. Es decir, estamos ya juzgando lo escrito, no le estamos dando una oportunidad. ¡Pero en este ejercicio olvídese de eso! Escriba tan rápido como pueda, ya sea con lápiz, pluma o teclado, sin revisar, sin casi poner atención al resultado. Algo que a veces me sirve es de hecho cerrar los ojos y, habida destreza en mecanografía, imaginar una escena o lugar muy vívidamente, y comenzar a escribir pero sin abrir los ojos para corregir errores, ya luego habrá tiempo para eso.

Ya escribí por diez minutos, ¿ahora qué? Ahora es el momento para tomar un marcador brillante y leer con cuidado el fragmento. No vamos a hacer corrección de estilo ni nada similar; la verdad, ese pequeño texto no será –excepto en raros casos– algo que podamos utilizar en sí mismo, al menos no en ese estado. En vez de eso, vamos a buscar entre los renglones algo interesante, alguna palabra, frase o idea que logre atrapar nuestra atención. Resaltaremos todo esto y lo utilizaremos para construir un tema más concreto y específico en fase de reescritura, esta vez haciendo todas las pausas y reflexiones necesarias.

La escritura libre es un medio de romper los bloqueos psicológicos que nos impiden comenzar a escribir, pero una vez roto el bloqueo casi siempre las palabras empezarán a fluir con mayor facilidad. Además, sirve para estimular la creatividad y atrapar ideas al vuelo. Demuéstrele a su inconsciente quién manda y en poco tiempo empezará a ver los resultados.

¡Feliz escritura!

Guy Fawkes y los libros malditos

2011/11/05

“Recuerden, recuerden, el 5 de noviembre.

Conspiración, pólvora y traición.

No veo la demora y siempre es la hora

para evocarla sin dilación”.

–Rima tradicional inglesa

El día de hoy en Londres y buena parte del Reino Unido se conmemora la fecha en que, hace cuatrocientos años, un hombre intentó hacer estallar con pólvora el parlamento inglés. Más bien, la gente celebra que el atentado no tuvo éxito, pues el sujeto en cuestión fue descubierto y apresado antes de lograr su cometido. Guy Fawkes –Guido para los puristas– no era otro descontento cualquiera: era un católico resentido por los esfuerzos de la clase gobernante por suprimir su fe en ese territorio, un ex-soldado que luchó para el ejército español en los Países Bajos, defendiendo una cultura y una creencia.

Independientemente de si estamos de acuerdo o no con el extremo al que ese personaje histórico llegó para defender su libertad, hay lecciones valiosas que sacar de dicho evento. Lo importante de esta fecha, en mi humilde opinión de latinoamericano que no suele celebrar nacionalismos extranjeros ni luchas entre religiones, es precisamente el recuerdo de que la gente es capaz de hacer toda clase de barbaridades a fin de imponer un punto de vista. España, Francia, Estados Unidos y muchos otros países “de primer mundo” alcanzaron ese estatus a fuerza de violencia, esclavitud y explotación de pueblos militarmente más débiles, siempre blandiendo la excusa de llevar civilización, cultura, la fe verdadera o la gloriosa democracia a estas tristes y retrasadas naciones. ¿Con qué derecho? Pues porque está de moda creerse salvadores del mundo.

En otras palabras, si no piensas igual que yo entonces eres tonto y no vales nada, así que te pudrirás en el infierno o mejor aún, servirás para algo porque harás lo que yo digo y punto.

En el campo de la literatura, o más ampliamente, de los libros, el tema de la imposición de pensamientos se ha expresado de variadas maneras: libros aprobados con la estampa oficial de un gobierno o grupo religioso, libros considerados ofensivos o controversiales, libros censurados porque atentan contra las buenas costumbres y el orden público (entiéndase, contra el partido político gobernante), y libros directa y abiertamente prohibidos, confiscados y quemados en nombre de algún ideal exclusivo de grupos particulares con el poder para hacer de las suyas.

Los libros malditos han existido desde que existe la escritura y seguirán existiendo por mucho tiempo más. Desde el faraón egipcio Akenatón, quien mandó a destruir textos sagrados referentes a los dioses anteriores a fin de establecer su nueva religión, hasta la quema de biblias y torás por parte del gobierno nazi en la segunda guerra mundial, o el índice de libros prohibidos por la iglesia católica que incluye todo texto de otras religiones y creencias, cada año se prohíben libros en casi todas partes del mundo.

En el extremo sur de América, durante la dictadura, era peligroso tener cualquier clase de libro, y la gente se reunía en fiestas privadas para leer y quemar los libros que tuvieran, no fuera que el gobierno les descubriera esos objetos prohibidos. Y aquí mismo, en mi natal Costa Rica, se prohibió hace muy pocos años en las escuelas leer Cocorí, una novela infantil de Joaquín Gutiérrez y muy querida por buena parte de la población, porque a una diputada se le ocurrió tildarlo de racista. ¿El motivo? Su personaje principal, un niño de raza negra, se enamora de una niña blanca y rubia (la moraleja: queda prohibido amar a gente distinta de nosotros).

Desde Harry Potter hasta Los Versos Satánicos y La Naranja Mecánica, la gente prohíbe y destruye libros todos los días, y algunos hasta lo hacen a la manera tradicional: congregando a sus camaradas en plazas públicas y haciendo arder los ofensivos tomos en una linda hoguera, justo como esta noche los ingleses encenderán fuegos por todo su país en recuerdo de aquél complot. Bien que mal, resulta todo un ambiente festivo para los niños.

¿Qué podemos hacer nosotros, los escritores y el público lector en general? Pues para empezar, tomemos consciencia y llamemos la atención sobre esto en nuestro círculo social. Leamos esos libros que otros han prohibido, para que las editoriales y librerías sigan produciéndolos y poniéndolos a disposición de la gente. Y escribamos. No importa si es un artículo de blog, un cuento, una novela, pero escribamos libremente y sin tapujos. ¿Y si nos llegan a prohibir nuestra obra? Pues sintámonos orgullosos de haber tocado una fibra sensible y de decirle al mundo “no nos callarán para siempre”.

¡Feliz escritura!

Asumirse como escritor

2011/11/02

Cuando vamos por la vida y alguien nos pregunta quienes somos, ¿de qué forma contestamos? Algunos damos nuestro nombre y apellidos, como si eso dijera algo, pero no todos somos una celebridad o pertenecemos a la realeza como para que el nombre importe por sí solo. Otras personas dan una serie de títulos académicos, aunque los diplomas no garantizan gran cosa en estos días. Otros más dan cuenta de su actual empleo pero, ¿cuántos de nosotros trabajamos en aquello que realmente nos apasiona y nos define como seres humanos? En mi caso, aunque en este momento de mi vida no me gano el sustento -aun- con mis escritos, puedo decir sin ostentación que soy escritor.

¿Y por qué no iba a decirlo? Un escritor es quien escribe, quien vierte el alma con cada palabra que ve la luz sobre el papel o la pantalla. Ser escritor es tener voz y utilizarla, es decir YO SOY, y no solamente yo hago. Para mí esa es la diferencia fundamental entre escribir y redactar. Mi escritura tiene un propósito, dice algo, y aunque no todo el mundo esté de acuerdo, sé que no escribo en vano. Escribo no por pura petulancia de creerme más inteligente o más sabio, ni por el puro deseo de satisfacer mi ego, sino para dar algo al mundo, aunque solo sea un mal ejemplo. Eso me basta, pero hay más.

Escribo porque escribir es crear. Es lo que me hace ser quien soy, más allá de las meras etiquetas y convenciones sociales. Crear es vivir; es lo que me diferencia de las máquinas. Al escribir recreo al mundo y a mí mismo. Mi voz es única, y aunque mis palabras sean ecos de otras muchas, mi voz siempre será irrepetible, al igual que mi particular visión de mundo, mi consciencia, mi espíritu. No me interesa si alguien más puede apreciarlo, si resulta bien visto o una ilusión reprochable.

Soy escritor aunque no lo diga mi declaración de impuestos ni un diploma enmarcado en dorado. No necesito tener diez libros publicados, ni un contrato millonario para mi próxima novela, ni vestirme como bohemio y hablar contra los valores burgueses. La ropa, los adornos, los documentos oficiales, la admiración y la fama… ¿qué de eso vale algo? Soy lo que hago, y lo que hago es escribir.

¿Y usted? ¿Usted quién es? Llámese escritor novato, escritor aficionado, escritor en formación o en vías de desarrollo, pero escritor al fin y al cabo. No se deje intimidar por las listas oficiales, por los catálogos de publicación, por visiones subsidiarias y fragmentadas de quien no le conoce, de quien no le interesa. Si escribe, si siente, si pone sangre y vida en cada página, es escritor o escritora y nadie diga lo contrario.

Acepte quién es y lo que hace. Mientras no asuma la escritura como parte de su identidad, como algo que usted ES, jamás dejará de ser un poeta de alcoba o un ‘tal vez algún día’ que nunca llega. Jamás se atreverá a correr riesgos, soltar la vida segura y cómoda del empleo fijo y alienante para perseguir una quimera. Jamás hará a un lado las excusas para procrastinar, para hacer cualquier otra cosa excepto alcanzar sus metas y escribir sencillamente porque eso es su único pan de cada día.

Olvide las etiquetas. Olvide las comparaciones con otros escritores más famosos o más adinerados. Recuerde que todos los escritores profesionales empezaron con otros oficios, otros quehaceres, y solo gradualmente fueron convirtiendo la escritura en su medio de vida. Pero lo hicieron porque esos otros oficios, esas otras etiquetas, no eran sino ‘mientrastantos’ para pasar el rato y sostenerse en pie durante sus años formativos y sus primeros fracasos literarios.

Escritor es quien escribe. Ahora le repito la pregunta: ¿usted, quién es?

A modo de presentación

2011/11/01

Hace ya muchos años me interesé en la escritura creativa, y más específicamente la narrativa ficcional. En aquellos tiempos mi mundo se limitaba a mi familia, centro de estudios y una reducida esfera social. No conocía el universo virtual de la Internet, y mucho menos existían recursos en nuestra lengua para que soñadores como yo pudiéramos aprender las bases de este oficio y arte.

Participé en varios talleres literarios, leí cuanto pude acerca de escritura (principalmente poesía, lo más fácil de encontrar en bibliotecas públicas y antologías de autores importantes), y con el tiempo aprendí inglés y los rudimentos de otros idiomas que, bien que mal, me abrieron un mundo de posibilidades. Luego vinieron los libros específicos, todos ellos en inglés salvo por unas poquísimas excepciones.

A estas alturas de mi vida, con un par de libros inéditos de poesía e innumerables diarios llenos de cuentos, visiones y mucha especulación, además de cuatro o cinco proyectos de novela (algunos más avanzados y trabajados que otros), he decidido dejar atrás la seguridad del terreno conocido para embarcarme de lleno en esta aventura que es escribir.

Le invito a acompañarme en el viaje, y a cambio le ofrezco alguno que otro comentario, ejercicio y vislumbre de esos que vaya teniendo en el camino de aprender e ir desarrollándome como escritor. Iré actualizando estas páginas unas dos o tres veces por semana, y si la fortuna lo permite, tendré alguna que otra publicación de otras personas que me acompañan en este proceso. De vez en cuando encontrará un divertimento: pequeñas piezas a modo de ejemplo para ilustrar los artículos prácticos pero sin ninguna pretensión de grandes dotes literarias. Otras tantas entradas en este diario virtual estarán dedicadas a opinión y noticias sobre la vida del escritor y el mundo editorial. Pero sobre todo, aquí hallará consejos prácticos.

Siéntase libre de ojear por estas letras, y si lo desea, dejar sus propios comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: